Lo sabÃa. SabÃa que esto iba a pasar. Desde hace mucho tenÃa el presentimiento de que, si me descuidaba, algo como esto podÃa ocurrir y bueno… al fin sucedió.
Aunque no estoy muy seguro de cómo fue que llegué a esta situación, creo que en el fondo ya esperaba que esto sucediera, aunque, todavÃa más en el fondo, estoy seguro que no sólo lo esperaba… lo deseaba.
La noche empezó como cualquier otra y la rutina me llevó, como todos los dÃas, por esa misma calle mal iluminada donde tantas veces antes habÃa saciado mis deseos carnales más secretos, es decir, nada de aquello era nuevo para mÃ.
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Como tantas otras veces di un par de vueltas a la cuadra buscando a alguien en especial, ella dijo llamarse “Joana”, pero yo estaba seguro que, de haber revisado alguna identificación oficial, habrÃa descubierto que su verdadero nombre era “Juan”, aunque ¿quién sabe? Tal vez fuera “Pedro”, pero eso no es lo importante.
Pasaron los minutos y yo ya habÃa recorrido aquella misma calle unas tres veces sin encontrar a la espléndida rubia que tantos minutos de pasión me habÃa vendido; de hecho, el frÃo y la desesperación estaban a punto de lograr que me diera por vencido, sin embargo, una insistente voz en mi cabeza me susurró: “otra vuelta, la última y ya”, y le hice caso.
En mi siguiente recorrido, cuando habÃa perdido ya la esperanza de satisfacer otra vez mis perversas fantasÃas, alguien (o más bien algo) llamó mi atención: una larga cabellera, suave como la seda y más negra que la noche, atrajo mi mirada de manera irresistible.
TodavÃa no podÃa ver su rostro, pero mis ojos descendieron por el azabache perfecto de aquella melena hasta toparse con unas preciosas nalgas que sobresalÃan de su espalda como una estanterÃa, cubiertas por una minifalda de likra negra que guiaba mis ojos directo a unas piernas que lucÃan poderosas, bien trabajadas y firmes, pero sin perder aquella silueta y suavidad femeninas que hacÃan bullir mi libido a temperaturas insospechadas.
Si fuera un creyente habrÃa jurado que fue magia, pero como no lo soy, sólo puedo pensar que mis más bajos instintos me traicionaron y me hicieron acercarme a aquella deliciosa criatura, a pesar de que, muy en el fondo, ya empezaba a darme cuenta de lo que iba a suceder, aunque todavÃa no querÃa admitirlo.
Mientras me acercaba, aquella angelical criatura volteó y me miró con unos grandes ojos azul-pupilente, mientras esbozaba una sonrisa chueca que invitaba a cumplir las más retorcidas fantasÃas que la imaginación de un hombre pudiera concebir.
A aquella primera mirada le siguió el ya consabido y muy ensayado ritual de “Hola, amiga ¿Cuánto?”, ella me barrió con la mirada, como decidiendo si le convenÃa o no… “500, aparte el hotel”, estaba dentro del promedio… “¿Cuánto tiempo?” pregunta estúpida, lo sé, pero siempre la hago para darme tiempo de pensar… “De 20 a 25 minutos, papi ¿Te animas?”, claro que sÃ… “Sale, vamos”.
Tomamos un taxi y ella le dio las indicaciones para llegar al hotel de siempre; mientras tanto, yo me deleitaba viendo un delicioso par de tetas, adornadas con el tatuaje de una rosa, estratégicamente colocado arriba de su pezón izquierdo que me estaba invitando a besarlo ante la indiscreta y lasciva mirada del taxista. “¿Te gusta, papi?”, me limité a esbozar la más perversa de mis sonrisas mientras la veÃa directamente a los ojos, al verme, ella soltó una risita no sé si de nervios o porque le hizo gracia mi pose de “matador”, cualquiera que fuera el caso ya estábamos entrando al hotel.
TodavÃa recuerdo la primera vez que entré por la puerta de aquel garage, allá en los tiempos de mi temprana juventud, recuerdo que aquella vez poco me faltó para saltar fuera del taxi y echarme a correr tan rápido como pudiera para alejarme de lo que a mà me parecÃa una trampa mortal.
Eso fue entonces, ahora, en cambio, poco me faltaba para saltar fuera del taxi y arrastrar conmigo a aquella belleza para arrojarla sobre la cama, arrancarle la escasa ropa que llevaba y cogérmela hasta que el miembro se me desprendiera; sin embargo, algún atisbo de civilización quedaba todavÃa en mi mente, de modo que pagué la dejada, como todo un caballero la ayudé a bajar y aparentando total serenidad nos dirigimos al cuarto.
La sórdida habitación, con una cama de sabanas gastadas y una televisión sin botones colgando de un soporte en el techo, tenÃa la extraña virtud de excitarme, los recuerdos de muchos otros viajes como aquel trabajaban en mà mucho mejor que cualquier cantidad de Viagra.
No tardé ni 30 segundos en desvestirme y después de liquidar la tarifa acordada ella hizo lo mismo, sin el menor asomo de pudor se acostó a mi lado y acercó su hermoso rostro a mi cara… y me besó; sus labios y su lengua sacudieron mi mundo por completo, tan acostumbrado estaba yo al servicio impersonal y apresurado, totalmente de negocios, de aquel submundo, que no estaba de ninguna manera preparado para lo que aquella chica habÃa hecho.
El beso fue largo y bien trabajado y aunque mi mente estaba totalmente trastornada mi cuerpo sabÃa a la perfección qué hacer, mis instintos se hicieron cargo de la situación y yo me dejé llevar.
Lo primero fue poner al descubierto aquellas deliciosas bolas de carne (lo sé, era silicón, pero… ¡ustedes saben!), mis manos se abrieron paso ansiosas a través de la tela del brasier rojo pero tampoco tuvieron que hacer demasiado, tan apretada estaba que una sola maniobra fue suficiente para que sus hermosas chiches saltaran con alegrÃa fuera de la prenda, para beneplácito de mis ojos.
Mientras ella me seguÃa besando, haciendo pasar su lengua por cada rincón de mi boca, yo me entretenÃa dando un brusco masaje a sus enormes senos, mientras la hermosa morena emitÃa apagados jadeos guturales, que se clavaban en mi mente como mil aguijonazos de placer.
Un par de minutos más y ya no pude resistirme, desde que subimos al taxi era lo que habÃa querido hacer: bajé un poco y puse mi boca sobre sus oscuros y delicados pezones, un poco menos saltaditos de lo que yo hubiera querido, pero lo bastante bellos como para prenderme de ellos como si hubiera sido yo un recién nacido hambriento; al mismo tiempo, ella pasaba sus dedos entre mi cabello y con la otra mano acariciaba mi espalda, mientras una de sus monumentales piernas rodeaba las mÃas, haciendo que nuestras caderas se unieran de una manera exquisita.
Yo habrÃa sido feliz prendido por siempre de aquellas tetas, alternando mi boca entre una y otra mientras con una mano acariciaba la que quedaba libre y la otra recorrÃa aquel cuerpo de carnes firmes y piel suave que bien podrÃa haber pertenecido a la más bella de las diosas, pero ella tenÃa negocios que atender, de modo que, con delicadeza, se desprendió de mà y: “¿Qué quieres hacer?” en el fondo de mi mente comenzó a asomarse un deseo oscuro que no querÃa admitir, pero ella no tenÃa tiempo para titubeos, de modo que me preguntó, o aseguró, “Te lo mamo”, de inmediato alcancé los condones y le di uno para que me lo pusiera.
La calidez de aquella boca era deliciosa y su habilidad para brindar placer era asombrosa, después de introducirse mi pene, la hermosa morena comenzó a chuparlo con un ritmo hipnotizante, mientras con una de sus manos acariciaba, en perfecta sincronÃa, mis huevos y mi perineo (la zona entre los testÃculos y el ano), de modo que me hizo ver estrellas.
Quizá fueron precisamente las estrellas las que me impidieron ver lo que se me venÃa encima, sin darme apenas cuenta, la chica buscó acomodo y trepó su enorme cadera en mi cara, me alcanzó el otro condón y me pidió/ordenó “Pónmelo”, en realidad no era yo muy aficionado a dar sexo oral, sin embargo, en aquella ocasión no estaba sólo resignado (como otras veces), esta vez en realidad lo deseaba, de modo que me introduje aquel dulce caramelo en la boca y comencé a mamarlo con singular alegrÃa, al tiempo que mis manos masajeaban sus preciosos glúteos, duros como piedra, y uno de mis dedos coqueteaba con la entrada de su culo.
Pasamos unos minutos en aquel delicioso ejercicio y yo empecé a sentir el orgasmo agitarse en mi bajo vientre, en la base de mi verga, creo que para entonces no habÃan pasado ni 15 minutos del servicio y yo querÃa gozar lo más posible de aquel cuerpo hermoso, de modo que con cuidado la aparté de mÃ.
“¿Cambiamos?”, le pedÃ, ella esbozó una sonrisa pÃcara y se volteó para apoyar una de sus mejillas en mi pecho, estiró la lengua y comenzó a lamer una de mis tetillas, en tanto su mano derecha volvÃa a acariciar mis testÃculos y mi perineo, aquello era demasiado para mÃ, el Ãntimo contacto pronto me hizo jadear y responder al ritmo de su mano como si no tuviera yo voluntad propia.
Sin dejar de acariciarme, la chica estiró un poco el cuello, acercó sus labios a mi oreja, la mordió y en un susurro me aseguró “Quieres que te coja”, no dije nada, no podÃa decir nada, cerré los ojos y asentÃ.
Lo sabÃa, sabÃa que esto pasarÃa, quizá porque sabÃa que una parte de mà lo deseaba; aunque mi mente conciente se negara a aceptarlo lo habÃa deseado ya por demasiado tiempo y era el momento de satisfacer aquella quemante necesidad que habÃa aflorado con la fuerza de una erupción volcánica.
La morena se levantó y sacó algo de su bolso, luego me arrastró hasta una esquina de la cama, levantó mis piernas al aire (como las de una linda virgencita) y de un tubito misterioso exprimió una especie de gel con olor a fresa que se untó en el condón; sacó un poco más, lubricó la entrada de mi ano, me miró a los ojos y me pidió “Ponlo”.
Simplemente lo hice, ya sin ninguna voluntad, tomé una verga de tamaño promedio y la coloque justo sobre mi esfÃnter; sin advertencia y sin delicadeza alguna, ella comenzó a empujar con fuerza, por instinto, traté de resistirme, sin embargo, ella se dio cuenta y me dio una fuerte nalgada al tiempo que ordenaba “¡Afloja, puta!”, como por un milagro, mi esfÃnter cedió y abrió paso a la mitad de aquel monstruo.
Tal vez con un poco de misericordia, ella se detuvo un momento, me obligó a doblarme más de lo que creà posible y me volvió a besar, metiendo su lengua hasta mi garganta, se levantó otra vez y clavó el resto de su barra de carne, hasta que sus ingles chocaron contra mis nalgas.
Otra vez se detuvo, pero sólo por un segundo y de inmediato comenzó a moverse, yo me debatÃa entre la agonÃa y el éxtasis por la fuerza de sus embestidas, pero aquello no duró mucho tiempo, sólo un par de minutos bastaron para que la estimulación en mi próstata hiciera surgir el orgasmo desde lo más profundo de mis entrañas, enorme, incontrolable y… exquisito, la explosión de placer dejó mi cuerpo laxo, casi como sin vida, mientras ella se separaba de mÃ, se quitaba el condón y lo arrojaba a la basura.
Sólo un beso más, muy ligero, apenas un roce de sus labios y luego se vistió mucho más rápido de lo que yo me habÃa desvestido y comenzó a salir. Justo en el umbral, la bella morena volteó y me miró a los ojos “Me llamo Viridiana, cuando vuelvas a ir me buscas, papi”, lanzó un beso al aire y se fue.
* Versión libre del autor.
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- Publicado el día: 1 de febrero de 2008
- Categorizado en: Relatos Porno,Transexuales

Comentarios
querico igual tengo la misma fantacia,ojala se me cumpla algun dia