Estuve estudiando fuera de mi país por un ciclo escolar, debido al trabajo de mi padre, entonces tenia 18.
Para mi el hecho de ir a un lugar nuevo ya era costumbre, era hacer maletas, viajar, y llegar a hacer nuevos amigos “era una rutina”, de la cual solo me quedaba un año ya que pronto acabaría la preparatoria y no tendría que moverme ya que empezaría la universidad en mi país.
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Pensé que nunca llegaría ese momento en el que tienes que tomar decisiones de adulto. Cuando tienes un trabajo estable y piensas que nunca va a dejar de serlo. Pero, de repente, ves claramente que eso se acaba, que tiene un fin, y que no sabes hacia donde tienes que tirar.
No quiere decir que no estés cualificada para desempeñar otro trabajo similar, o que no tengas la preparación suficiente para hacer otros, pero cuando algo te gusta, cuesta aceptar que lo vas a perder, tanto a nivel laboral como a nivel personal.
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Este relato me sucedió hace años. Regenteaba un gimnasio de propiedad de una amiga, donde llevaba la contabilidad y manejaba al personal mientras ella realizaba otros negocios y viajaba por el mundo.
Yo andaba sin pareja hacía 6 meses y por el momento, no me interesaba liarme en una relación seria pues había quedado muy dolida y extrañando a Celia que decidió viajar a otro país para concluir sus estudios superiores en vez de quedarse conmigo. Sé que era egoísta de mi parte pero no podía impedirlo. En ese trance estaba cuando se fue llegando Bety al gimnasio.
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Sucedió hace 20 años en mis vacaciones a casa de mi abuelo, en la selva de mi país, en un lugar aparcado en el siglo 18 lleno de mitos y leyendas.
Cada vez que mi abuelo sabía de mi llegada, mandaba preparar uno de los caballos porque a mí me encanta cabalgar. Él fue todo un personaje. Era como un potentado en esos parajes. Tenía fama de ser mujeriego y hasta se dice que tenía más de una veintena de hijos.
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Me mira, cabreado.
- ¿Me estás dejando? ¿Es eso lo que me estás diciendo? –grita, mientras imploro que se calle, que baje la voz.
No quiero despertar a nadie del grupo.
- Pablo, por favor, mañana lo hablamos, ¿vale?
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Cogí el coche para airear un poco mi cabeza, no soportaría pasar ni un minuto más en esa casa de locos. No hacía más que pensar en lo que estaba ocurriendo en mi vida, los cambios que habían supuesto para mí los últimos meses.
De estar sola pasé a tener a alguien, de ser hetero a ser lesbiana. Pasé de tener a esa persona que me entendía y me quería a dejarla porque sí, porque tenía miedo a necesitarla. Mi independencia emocional se vio truncada por una chica a la que a penas conocía y que de la noche a la mañana se había hecho casi imprescindible.
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