Verano caluroso y agobiante. Salgo de mi despacho en un moderno edificio climatizado y una oleada de aire caliente agosta mis pulmones.
“¡Y ahora el metro!”
Me digo agobiado, sólo de pensar en lo que me espera. En el andén, los penetrantes olores de la humanidad y el calor me marean. Por fin llega el tren, al menos dentro el vagón está refrigerado. Todos los asientos están ocupados, asà que no puedo sentarme para leer relajadamente el periódico; pero, afortunadamente, no va atestado de gente.
De pie, juntó a la puerta del lado que no se abre, me apoyo en el pasamano y quedo frente a un joven. Nuestras miradas se cruzan y él aguanta la mÃa con la suya, profunda y oscura. Es un apuesto magrebà que aparenta unos 25 años, de tez morena y rasgos hermosos. Viste una camisa de manga corta, abierta de manera que se puede intuir su pecho fuerte y juvenil, y un ajustado pantalón que muestra con detalle toda su masculina anatomÃa.
Le miro embelesado, me parece ver moverse y crecer el bulto de su paquete, mientras mi pene intenta levantarse bajo la ropa que le oprime. Siento como los calzoncillos se clavan en él y me molesta; me molesta cada vez más; asà que sin disimulo le ayudo con las manos a liberarse del cepo. Ahora apunta hacia arriba y se marca nÃtidamente bajo el pantalón.
Junta sus labios, lanza al vacÃo un tenue beso y se dirige a la puerta. ¡Mala suerte!, baja en la próxima estación. Me quedo inmóvil, impávido, mirando como se aleja; pero en el último instante me lanzo hacia la puerta que casi me atrapa. No sabe que le sigo y observo desde una prudente distancia como se mueve. Cimbrea su cuerpo como un junco mecido por el aire, imprimiendo a su trasero un bamboleo que lo hace irresistible, va alegre y contento.
Salimos al exterior; no sé dónde estamos, le he seguido sin fijarme en la estación; pero enseguida reconozco el lugar, una tÃpica plaza del casco antiguo de la ciudad. Ya no noto el calor, el fuego que me consume internamente lo hace insignificante.
Se dirige hacia un grupo de gente, que lo reciben con afectuosos saludos. MagrebÃes, rubios del este, negros del sur, sudacas del otro lado del mundo, forman un mercado multirracial de carne joven e ilegal, que se ofrece al mejor postor en la viciosa, egoÃsta y vieja Europa.
Los observo de lejos; pero él me ve, comenta algo con sus compañeros, todos rÃen y viene a mi encuentro. Camina lentamente, pavoneándose, como en un duelo de una pelÃcula del oeste, sabe que me tiene cautivado y disfruta del momento. ¡Pobre venganza de un desheredado!.
Cara a cara pregunta, con un tÃpico y tópico recurso para abordar a desconocido:
¿Me das un cigarro?
Lo siento, no fumo.- Le respondo, intentando mantener la falsa imagen de hombre fuerte y que domina la situación.
¿Buscas algo? Continúa insinuante.
PodrÃa ser.- Digo, queriendo mantener la incógnita.
Una amplia sonrisa se dibuja en su cara mostrándome su blanca y perfecta dentadura. Junta las yemas de los dedos pulgar e Ãndice de la mano izquierda y hace pasar repetidamente el dedo Ãndice de la otra mano por el anillo que ha formado.
¿Quieres follar conmigo?
Su ataque directo me desarma, quedo paralizado por unos instantes sin saber que decir. Cuando reacciono, el pánico me invade y salgo huyendo de aquel maldito lugar.
Llego a casa jadeante y sudoroso, mi mujer ya está allà extrañada de mi demora.
¿Qué tarde llegas? ¿Te pasa algo? – Pregunta al verme es este estado
No nada, mucho trabajo y el calor.- Miento.- Me voy a duchar.
Bajo el agua frÃa mitigo el calor del verano, pero no mi ardor interior. Enjabono mi verga erecta y cuando estoy masturbándome frenéticamente, oigo a mi pareja que me dice.
Cariño. Cuando acabes avÃsame que voy a darte un buen masaje.
Desnudo boca abajo, sobre la cama, siento las manos de mi mujer en mis hombros; pero no me relajo. Me vuelve hacia ella, la miro sin verla, vestida con sólo una fresca bata de verano, sin ropa interior y sentada sobre mà vientre, su sexo contra el mÃo; pero yo no estoy allÃ.
Se coloca entre mis piernas abiertas, se inclina hacia delante y sus labios besan amorosamente mi ahora flácido sexo, su lengua lame el glande que descansa sobre mis testÃculos; pero no hay excitación. Ella continúa intentando despertar mi pasión, manipulando mi verga con sus manos y su boca. Por fin parece que hay una mÃnima respuesta y muestra orgullosa mi polla erecta entre sus manos; me mira con picardÃa y sonrÃe, sonrÃe con una sonrisa amplia y franca.
Su cara se borra de mi vista, en su lugar aparece la morena faz del magrebà con su sonrisa de media luna y me lo imagino desnudo, con su verga erecta y preguntándome: “¿Quieres follar conmigo?”
Reacciono bruscamente, la tumbo en la cama y la penetro violentamente de un solo golpe. Escucho gemidos de dolor, noto la aspereza de la vagina sin lubricar y tengo dificultades para moverme en su interior; pero no paro, no paro hasta correrme, hasta correrme como un animal.
Por mi mente han pasado fugaces imágenes, fantasÃas insatisfechas, lúbricos y profundos besos, tiernas caricias, su boca moruna en mi polla, la mÃa en la suya, su verga morena taladrándome, la mÃa penetrando en su robusto y juvenil trasero y una pátina brillante y blanquecina lustrando nuestros cuerpos entrelazados y relajados tras el placer, sólo soñado.
Me derrumbo sobre ella sollozando y pidiendo perdón. No sé si ella lo hará nunca; pero probablemente yo no me perdone a mi mismo jamás.
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- Publicado el día: 29 de enero de 2008
- Categorizado en: Relatos Porno

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