Mi nombre es Fernando, vivo en la Ciudad de México. No soy del tipo de hombre que se considere galán, mido 1.60, no soy ni delgado ni gordo, mi cuerpo es normal, y tal vez hasta feo. Sin embargo siempre he tenido suerte con las mujeres, que ya sea por el trabajo o por diversión he llegado a conocer en una buena cantidad.
En alguna ocasión y después de trabajar un año en aquél lugar de oficinas, la miré por primera vez, es cierto que ahí había estado siempre, pero hasta ese momento nunca la había observado. Ella de 1.65, color de cabello rubio y ondulado, esponjado, carita de niña angelical pero con una gran dosis de sensualidad, un cuerpo con una piernas bastante ricas, piel clara, unas nalgas bastante deseables, las piernas enfundadas en unas medias con listón de silicón que le llegaban justo al inicio de sus nalgas, llevaba unas medias de color piel y una faldita de color caqui. Una blusa blanca dejaba ver sus senos grandes y sensuales, estaban cubiertos por un sostén blanco de encaje. 28 años y era la secretaria de un colega que ocupaba la oficina contigua. Alejandra se llama, después de verla por la tarde su imagen se me quedo grabada, ella sentada en su silla cruzando las piernas y dejando ver el nacimiento de sus medias, no pude más, le pedí a mi chofer que le diera una tarjeta en la que yo le invitaba a comer. Sin más me mando decir que aceptaba y que me esperaría a las 5 de la tarde en el estacionamiento. Acudí puntual al encuentro, espere 15 minutos, pensé que ya no llegaría, que se habría arrepentido en el último momento. Cuando estaba a punto de irme llega ella y me dice que la disculpe por el retraso, pero es que se había sentido enferma, que tenía gripa y que no podría acompañarme a comer. Creí que era un pretexto, que yo no le había agradado o que simplemente no me consideraba atractivo para ella. Solo por cortesía le dije que si la podía llevar a algún lado, después de comentarme si no sería molestia aceptó. En el camino, me dijo que sentía mal por los síntomas de la gripa, le dije que con un tequilita con limón sería suficiente y que si no, después se le olvidaría. Me sonrió y me dijo que no tenía tequila en su casa, yo le propuse invitarle una copita en un bar que conozco en el aeropuerto, me dice que si no sería molestia, le digo que no, acepta y nos dirigimos al bar. Al llegar ya eran como las 6:30 de la tarde, pedimos un Don Julio reposado, que es el tequila que me gusta y comenzamos la plática. Que los compañeros de trabajo, que los jefes, que las relaciones de unos con otros, en fin de todo y nada. Al terminar de charlar de nuestros temas en común la plática se orientó ha la vida personal, ella con una relación terminada, madre soltera, con un pretendiente que no le satisfacía. Yo le comenté que no me hacía de muchos problemas, que me encantaban las mujeres y que me sentía muy afortunado en ese terreno. Que sexualmente había aprendido mucho de las mujeres y que me parecían muy excitantes todas las mujeres, que todas tienen lo suyo. Ya en ese momento llevábamos 4 tequilas y eran las 11 de la noche, me miró y me dijo, bésame… la propuesta me desconcertó y solo atiné a decir … ¿perdón?, ¡bésame!… ante esta situación mis labios se fundieron sobre los de ella, mis manos tocaron por encima de sus medias, mis labios recorrieron su boca, las lenguas se entrelazaron en un fuerte encuentro pasional, nuestros jugos se compartieron, la savia de nuestro deseo se intercambiaba en ardiente beso, mi mano jugo con su seno encima de la blusa… los siguientes minutos, hora… fueron de constante faje, ardiente intercambio de caricias…
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