Feb
17th

Juegos en familia

Archivado bajo Gays, Relatos Porno | Publicado por admin

Me acerqué al escaparate de la Librería siguiendo la anchura de los hombros del chaval. Visto de espaldas, dudé entre mirar su espalda -ceñida con una camiseta de futbolista- o sus nalgas, bien apretadas en unos minúsculos pantaloncitos de deporte. Ganaron las nalgas por goleada.

Simulé mirar los libros, como él. Mis ojos buscaron los suyos en el reflejo de nuestros rostros. Un cuasi cuarentón junto a un adolescente quinceañero. Cruzamos la mirada unos instantes, y quedé deslumbrado. Yo, cobarde, aparté la vista de inmediato, dirigiendo mi mirada hacia abajo. El vello de sus muslos brillaba con un rayo de sol. Busqué, otra vez, su mirada. Imposible: ya se había puesto en marcha, ya pasaba por el quicio de la vetusta puerta. Lo seguí sin pensarlo dos veces.

Un intenso olor a papel viejo, a tinta y humedad, saturaba el pequeño espacio, atestado de libros. Era una librería de viejo, con montones de legajos, de ejemplares casi desencuadernados, de maravillas escondidas y olvidadas. Un polvillo tenue, casi invisible, flotaba por doquier. El reducto no estaba muy iluminado. Solamente entraba algo de luz por un estrecho ventanuco, casi junto al techo, con una pátina de polvo de siglos en sus astrosos cristales. Tras el mostrador, un joven híbrido entre ratón de biblioteca y jugador de fútbol, meneaba sus rastas con la musiquilla procedente de unos auriculares. Al fondo, otro señor, quizá sesentón, ojeaba – de espaldas- un pequeño libro.

El muchachito hizo un movimiento brusco, dándose media vuelta y tropezando conmigo. Tartamudeó un “¡Perdón, señor!” que yo casi ni escuché, porque estaba aprovechando para palparle el trasero.

 

 

Nos miramos a los ojos, fijamente, durante unos segundos. En su boca se instaló una medio sonrisa, y su paquete rozó “involuntariamente” el mío.

El chaval siguió fisgoneando por la librería, mientras yo le seguía con la mirada, y el periscopio de mi entrepierna iba levantándose lentamente.

Metí las manos en el fondo de los bolsillos. Mi verga ya estaba morcillona. Deslicé la mirada, sin ver, por los montones – grandes y pequeños- de obras de arte mezcladas con basura. Ahora veía al chico, de perfil. La cara no me interesaba. Seguí el contorno de su torso, de sus pezones (marcados por la ceñida camiseta). El atracón llegaba con el paquete. Aquello no era normal. El contorno de la polla estaba delimitado, perfectamente, por la liviana tela del gastado pantalón. Simulé agacharme, mirando un ejemplar a ras de suelo. No recuerdo si era bueno o malo: ni siquiera lo vi. Mis ojos taladraban la semioscuridad del recinto, queriendo ver más, mucho más, de lo que mostraba el desconocido muchacho. Seguí el contorno de su tobillo. Sus pantorrillas, morenas y sedosas. Las rodillas, con costras de heridas recientes. Y, al final, delatando su afición al fútbol, los muslos. Muslos para acariciar. Muslos para morder. Muslos para follar. Si, para follar. Para restregarle mi polla, húmeda, por músculos y por tendones. Para aplastar mis testículos – ardientes- contra sus vellos morenos. Boqueé, sin aire en mis pulmones, al vislumbrar – por la pernera del cortado pantalón - la cabeza de su glande. Solo un poquito. Una minúscula porción de carne sonrosada.

Para mí suficiente. Mi polla hizo el saludo fascista. Tuve que levantarme: me daban vahídos. El chico siguió con su búsqueda. Yo, trastabillando, me acerqué – sin darme cuenta- al sesentón de buen ver. Quise tranquilizar mi espíritu y mi falo, dedicándome a otros menesteres. Muy por encima, leí algunos títulos que se encontraban junto al señor. Todos trataban de temas eróticos. Más o menos antiguos. De más o menos calidad. Pero todos de temática igual o parecida. Mi polla se aplastaba contra la tela, queriendo salir del encierro. Finalmente opté por liberarla, con lo que quedó cimbreante fuera de su madriguera.

Con curiosidad, atisbé por encima del hombro del lector ensimismado. Otra vez me quedé sin aliento. Con una profusión de colorido y de detalles nimios, aquel librito era un canto triunfal al amor carnal entre hombres. Atrajo tanto mi atención que, cuando quise darme cuenta, estaba pegado contra la espalda del caballero, mirando –desvergonzadamente- a la par que él. Noté el calor de su cuerpo, junto con un olor agradable, a limpio, a macho, a loción de afeitar, a sexo encabritado. Él, no se inmutó con mi presencia, con mi contacto. Siguió con su lectura, bebiendo las imágenes lúbricas que hacían latir nuestros corazones al compás. Cambió de postura unos instantes, apoyando el peso del cuerpo en el otro pie. Fue suficiente para que mi bragueta hiciese contacto contra su nalga. Notó de inmediato mi erección, así como yo noté el agradable tacto de su carne bajo la liviana tela del pantalón.

Comenzó un juego con final ignoto. Ya mi glande goteaba, directamente, aplastándose contra la nalga ajena. El, aguantaba. Yo, empujaba. Cada vez más. Carraspeó al pasar una hoja. Luego, bajó una mano y la dirigió hacia atrás, directamente hacia mi nabo. Lo agarró al vuelo. Lo presionó con mano fuerte, pero – a la vez – suave como la seda. Mano de cura. Mano de abogado. Mano de escritor. Mano de amante. Mano de seductor. Abrí su bragueta, saqué nabo y huevos. Un denso olor a humedad y lujuria nos envolvía. Mis dedos se agitaron en el aire, como un prestidigitador, antes de poseer su blanca dureza.

Todavía no nos habíamos visto las caras. Me entraron incontrolables deseos de besar su nuca. De inhalar el perfume de su cogote. Adelanté mis manos hacia su cuerpo, posando una sobre su torso, otra sobre su bragueta. Ninguna de las dos me dio calabazas. Sobre la finísima camisa de hilo, atenacé un pezón, que me esperaba erecto. Lo retorcí con cuidado. Quería darle placer, y tomar del suyo. Rio abajo, la otra mano entró por la cinturilla, perdiéndose bajo la goma del calzoncillo. No gastaba mal número, el sesentón. Envolví su verga en mi mano ardiente. Busqué los testículos para adorarlos. El recorría mi viril cetro, tomando medidas, repartiendo jugos, embadurnando mi carne con mis propios fluidos.

Por el rabillo del ojo, observé al muchachito, amasando su propio paquete, mirándonos alucinado. Eso me faltaba. Aún se me puso más dura. Quise doblar por la cintura, en aquel momento, al extraño que abrazaba. Hubiese querido penetrarlo, poseerlo, disfrutarlo. Hacerlo feliz. Que me hiciese ver la gloria. Él, también miraba al jovencito. Su polla me lo decía. Arreciamos nuestras caricias. Volvió un poco el rostro, hacia mí. Nuestras miradas se cruzaron, veladas por el placer y el entendimiento. Acercamos nuestros labios, impotentes para impedirlo. Rozamos unos contra los otros. Mi lengua buscó la suya. Casi sin saber. Yo era virgen en besos… y en casi todo lo demás.

Entreabrimos la boca. Succionamos nuestras lenguas, a la vez que las manos iniciaban el final de la batalla, aunque no de la guerra. A dos pasos nuestros, a pijo sacado, se masturbaban – cada uno por su lado – el de las rastas y el chavalín, mostrándonos sus espléndidos y deportivos cuerpos semidesnudos.

Unas miradas no se apartaban de nuestras pollas. El otro hombre y yo comenzamos a despojarnos de nuestras ropas. Como autómatas, se acercaron hasta nosotros y se hincaron de rodillas a nuestros pies, como si quisieran adorar a los Príapos babeantes. Lo hicieron. Bastó que rozásemos sus labios con nuestros glandes, para que dos bocas jóvenes engullesen hasta el fondo nuestros diosecillos privados. Di las gracias mentalmente porque todavía existiese esa raza misericordiosa de jóvenes que gustan de maduros.

Me sentí absorbido, lamido, saboreado. Ya veía en lontananza llegar los estertores que preceden a la eyaculación. El chaval, mi chaval, con los pantaloncitos desabrochados, se masturbaba a conciencia mientras se preparaba para recibir mis chorros en su garganta. Pero no quise. Aquellos momentos eran irrepetibles, y quería alargarlos todo lo posible.

Arrebaté de su boca mi nabo enrojecido. El precum chorreó sobre su rostro casi infantil. Quedó como un bebé al que le apartan la teta de improviso. Incluso me pareció que arrugaba la naricilla como queriendo explotar a llorar; pero fui más rápido que sus lágrimas, y, cuando quiso darse cuenta ya estaba tumbado de espaldas sobre el mostrador de la librería, mostrándome a mí y al mundo entero el orificio de su ano.

Sus piernas descansaron en mis hombros. Mis manos manosearon su miembro, a la vez que mis dedos utilizaban el precum para suavizar la zona anal. Cruzamos nuestras miradas. Me guiñó un ojo mientras se mordía un labio, esperando el inevitable dolor primerizo.

Se mordió la lengua con mi primer envite. Retorcí sus pezones que me enloquecían desde el primer momento. Entró toda, todita toda. Hasta los huevos. El grito resonó apagado, rebotando contra los libros y desapareciendo entre gemidos. Gemidos de mi enculado. Gemidos del de las rastas, que estaba siendo atravesado por la polla longeva (y no por eso menos dura) del sesentón de buen ver.

Lo levanté en peso, haciendo que mi polla sirviese de punto de apoyo.

Volví a sentarlo sobre el mostrador. Arrecié en mis embates mientras terminaba de desnudarle. Me besó la boca, casi mordiéndome, mientras en el interior de su cuerpo, y en el mío, avanzaban los orgasmos como terremotos. La lefa rebosó los receptáculos anales. Tuve el capricho de probar la carne del otro mozuelo, con lo que lo tomé “prestado” de los brazos del maduro. A simple vista se podía observar el tamaño superlativo del orificio anal del de las rastas. No supe si era por culpa de la verga (enorme) del vejete, o porque el chico ya lo traía puesto con anterioridad.

Sin importarme para nada ese dilema, lo abracé por la espalda y, tras sujetarle bien por los huevos, hice que levantase su pierna derecha para poder meterle, sin ningún obstáculo, el periscopio anal con el que quería profundizar en sus interioridades intestinales.

Entró toda, casi sin rozar barandas. El mancebo de la librería – a pesar de la holgura que ya gozaba en su puerta trasera – dio un largo gemido, sacando inclusive la lengua, al notar mi herramienta introducida en su fragua.

Para paliar en algo su ¿dolor?, agarré su ¿por qué no decirlo? Generoso atributo fálico, acariciándolo con mano prieta en la búsqueda del placer absoluto.

El señor mayor y yo, volvimos a abrazarnos. Yo, masajeaba su sexo desde su espalda. El buscaba mi pene, junto a sus nalgas. Nuestras bocas respiraban al compás. No pudimos resistirnos, y pronto estuve yo sentado sobre el mostrador, ejerciendo de pasivo mientras el señor perforaba mi más que chorreante ano -a aquellas alturas de la batalla- con su prodigiosa verga.

Junto volvieron los ímpetus juveniles, y los dos muchachitos formaron círculo con nosotros. Tomamos a uno cualquiera de ellos, y mientras el otro hombre enfundaba su vergajo en el esfínter juvenil yo arrodillado delante de ellos, mamaba cual lechón la ya espléndida polla del adolescente, hasta hacerla desaparecer por completo dentro de mi cavidad bucal.

El otro maduro le daba a base de bien. Retorcía sus tetillas a la par que le susurraba obscenidades en la nuca, incluso mordiéndosela de vez en cuando, al igual que hacen ciertos animales cuando están montando a sus hembritas.

Quise imbuirle la virtud del agradecimiento. Por lo tanto, apenas terminó el acoplamiento, hice que el jovencito se amorrase nuevamente a mi pilón, degustando toda la verga, e, incluso, tomando mis pelotas para que juguetease con ellas como buen futbolista. El muchacho fue seleccionado a la primera.

Chorreó mi lefa por el rostro, lengua y garganta del muchacho, que deglutió la leche vivificante con ansiedad de mamoncete.

Tras unos breves segundos de descanso quisimos rematar la faena. Como brujos en un akelarre, formamos un círculo en el centro del establecimiento.

Cuatro manos poseyendo pollas ajenas. Yo acariciaba al hombre, el hombre al de las rastas, el de las rastas al chaval, y el chaval a mí. Solamente se oía la suave fricción, húmeda, de las manos cálidas contra las vergas duras. Cada vez más rápido. Dando placer al falo ajeno, en la justa proporción a la que recibíamos cada uno de nosotros.

Casi al unísono, cuatro chorros de esperma batieron el aire, chispeantes como fuegos, delicados como fuentes, ardientes como volcanes.

El chavalín, guardaba su chorra – casi misión imposible- en el corto pantalón. El de las rastas, pasaba una fregona por los charcos de semen.

Finalmente se oyeron en la librería las primeras palabras desde que habíamos entrado:

¿Dónde jugamos mañana? ¿En el garaje?

¡Me pido de Mecánico! - dijo rápidamente mi hijo pequeño.

¡Yo quiero ser el Cliente Rico! -saltó mi hijo mayor.

¿Con esas pintas? ¡Ni loco! -sentenció mi padre- Tú, como mucho, Representante de Neumáticos

.

¡Ya estás metiéndote con mis pintas, abuelo! ¡Pues yo las rastas no me las quito!

¡Se siente, nene! ¿No quieres rastas?… ¡pues ya sabes los papeles que te tocan interpretar!

Pero… ¡papá, dile algo al abuelo!

Hijo…respeta a tus mayores.

¿Los mayores? ¡Que se vayan a tomar por culo!

¡¿Más?! -saltó mi hijo pequeño mientras se frotaba el dolorido trasero.

 

Y, naturalmente, todos soltamos la carcajada.

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