Feb
17th

Bananas: madura y familiar

Archivado bajo Gays, Relatos Porno | Publicado por admin

Como ocurría un par de veces a la semana, volvía a estar otra tarde arrodillado frente al sofá del salón, con el pecho apoyado contra aquellas rodillas, inclinado hacia delante. Notaba aquellos pantalones vaqueros arrugados a la altura de los tobillos de aquel al que le comía aquella gorda banana de carne. Con mis tiernos dieciocho añitos no sabía cómo había llegado a aquella chocante situación, pero lo cierto es que siempre estaba deseoso de que sonara el telefonillo para ir a abrir la puerta y descubrir que una tarde más iba a poder estar comiendo polla entre una hora y media y dos horas, dejando aquel robusto cipote dolorido y enrojecido. Yo no paraba hasta que su dueño me decía que ya no podía aguantar el dolor, tras lo que se la guardaba y acostumbraba a marcharse hasta un par de días más tarde en que, con el nabo ya recuperado del abuso, me dejaba chupársela otro par de horas.

La situación era morbosísima, pues yo estaba solo todas las tardes ya que mis padres trabajaban hasta las nueve de la noche. Eso lo sabía también el visitante, que, recién salido de trabajar, solía llegar sobre las cinco, con la ropa sucia de yeso y oliendo bastante a sudor. Esto último agravaba aún más el morbo, pues me comía un nabo con sabor y aroma reconcentrado.

Supongo que ya os gustaría saber quién era el dueño de tal cipote. Un cipotazo que enhiesto mediría unos 17 cm, con un notable grosor, un abundante prepucio que ocultaba un glande rosado y redondeado, y venoso a más no poder. Se trataba de un nabo de alguien con edad, una polla de piel curtida y resistente. Cuanto me lo introducía entre los labios y lo sentía en las paredes de la boca, en el paladar y en la lengua, podría decirse que era vasto y tosco, robusto, un torpedo de carne que conectaba con dos amplios cojones que daban cabida a un rico néctar bastante denso y entre blanco y amarillento, el cual me tragaba sin dejar gota, pues me parecía delicioso.

El dueño de aquella porra gustaba de acariciarme el pelo mientras le mamaba el rabo y disfrutaba cuando le miraba directamente a los ojos sin sacármelo de la boca, succionando sin pausa. Yo llevaba mis manos a todos lados, no sabía dejarlas quietas, así que acariciaba sus velludos muslos, atravesaba su abultado vientre también peludo y le amasaba sus gordas tetas aún más velludas si cabían.

El que se encontraba frente a mí, dándome de comer, no era otro que mi tío, el marido de la hermana de mi padre. Frustrado en su matrimonio, no me digáis cómo pero ambos descubrimos que nos complementábamos bien en cierto terreno: el sexo oral. Ocurrió en unas vacaciones en que veraneábamos todos juntos en la costa. Toda la familia estaba en la playa, pues habíamos alquilado una enorme casa para pasar allí el mes de julio. A las mujeres les encantaba bajar a tostarse al sol a las intempestivas horas del mediodía, justo las horas que tanto mi tío como yo más odiábamos. Así que con las mismas nos subíamos a la casa dispuestos a reposar antes de comer. El solía vestir su bañador bermuda rojo de todos los años, ya algo pasado a causa del uso y que le quedaba cada vez más corto, enseñando más porción de muslo, pues era un hecho dado que su barriga aumentaba lenta pero implacablemente año tras año.

Mi tío tenía 47 años y era capataz de obra. Para nada era un hombre atlético y atractivo como podía ser mi padre, que era delgado y fibroso, aunque mi tío tenía un aspecto mucho más rudo y más bestia que mi padre con aquel cuerpo curtido a base de horas y horas entre cementos y ladrillo, y de cervezas en lata. Su cuerpo no era el de alguien que se cuidara, muy al contrario, mi tío no se privaba de comer como un auténtico cerdo hasta quedar saciado y soltar buenos eructos o de beber ingentes cantidades de cerveza. De ahí aquella abultada barriga que se levantaba por encima de la goma de su bañador rojo. Lo que más me impresionaba de este hecho era que, a pesar de su redonda tripa atravesada por una poblada línea de negro vello, ésta tampoco era muy grande y estaba bastante dura, no fláccida, pues en ningún momento le aparecían michelines. Lo había notado cuando un día forcejeábamos en el agua mientras nos bañábamos.

El caso es que al segundo día de estar allí mi tío y yo nos subimos pronto de la playa como era costumbre. Pasamos al patio trasero de la casa a través de un estrecho corredor que la circundaba y allí comenzamos a quitarnos la sal bajo la ducha que había instalada. Ese día mi tío estaba de un humor inmejorable. Se metió debajo de la ducha y se quitó un poco la arena, después me cedió el puesto y comencé a quitarme la arena, aunque él aún no había terminado.

—Hace un día de puta madre —comentó, y se acercó a la ducha de nuevo para que le dejara sitio y terminar de aclararse—. Tengo arena por todos lados —dijo, estirando la goma del bañador bajo el chorro de la ducha y dejando que este limpiara la zona de su polla y sus cojones, sólo que yo no le veía nada, pues no tiraba hacia debajo de la goma. Acto seguido se dio la vuelta y repitió la operación con la parte del culo. En ese momento giró un poco su cuello y miró a su bañador—. Menuda marca se me está quedando. Tengo el culo blanquísimo. —Yo sonreía.

—Normal —respondí—. Ahí no te da nunca el sol.

Mi tío salió de debajo de la ducha, chorreando, y me dejó el sitio.

—Bueno. Esto no se lo comentes a nadie, ¿vale?

—¿El qué? —pregunté. Pero mi tío ya había empezado a bajarse el bañador.

—Voy a ponerme aquí un rato en pelotas aprovechando que no hay nadie y así no llevo el culo tan blanco.

Me quedé algo chocado al ver a mi tío desnudarse delante de mí. La verdad, me dio vergüenza verle y a la par nacieron unas cosquillitas en mi estómago ante el morbo de que se desnudara sin tapujos delante de mí, como si no pasara nada. Y tenía razón. Cuando se sacó el bañador por los tobillos, de lado hacia donde yo estaba, además de contemplar su arrugado y oscuro pene rodeado de una inmensa cabellera de pelánganos, observé la blanquísima piel de su trasero. Un trasero redondo pero, quizás, pequeño, con respecto a su hinchada barriga. El rabo le yacía fláccido. Consciente de mi mirada, se lo agarró con una mano y le dio unos cuantos tirones para que saliera de su cierto letargo y se mostrara más efusivo.

—Supongo que tardarán un buen rato, así que hasta que me seque y empiece a sudar —continuó explicándose— voy a tomar el sol en bolas. ¿Te apuntas?.

Dudé mientras le veía acercar una de aquellas tumbonas blancas de plástico que había apoyadas en una pared del patio. Los balanceos de su pene y de sus huevos eran hipnóticos. No podía dejar de mirarle mientras abría la tumbona y le ponía una toalla encima.

—Venga, anda —me animó—. Déjate de vergüenzas que estamos entre hombres.

Aún reticente, agarré la goma de mi bañador y comencé a bajármelo. Mi tío no miraba para mí. Ya estaba tumbado al sol y con los ojos cerrados. Colgué las bermudas empapadas por allí y me acerqué a coger otra tumbona. Mi polla estaba algo más morcillona que la de mi tío, pues no podía evitar sentir algo de morbo. Al pasar por delante de él, mi tío abrió un ojo y me observó, clavando su mirada en mi trasero mientras me agachaba y cogía una tumbona. La abrí junto a la suya, puse una toalla y me tumbé, con las piernas abiertas a cada lado y mi rabo cayendo hacia abajo sobre mis huevos. Mi tío suspiró y volvió a cerrar los ojos.

—Se está de puta madre —comentó relajado.

De reojo eché un vistazo a su nabo, que ya secándose y a causa del calor del sol había aumentado un poco de tamaño y se mostraba más en sus dimensiones naturales en estado de reposo. Era una polla gorda. Discretamente, mi tío se dio unos toquecillos en ésta y en los huevos.

—Joder, todavía me pica la sal —dijo molesto, y giró su cuello para mirarme. Me pilló in fraganti mirando directamente su rabo, que ahora descansaba apuntando a su ombligo—. ¿Por qué me miras la polla? —preguntó con su cavernosa voz—. ¿Te gusta o qué? —Mis mejillas se encendieron de vergüenza. No dije nada—. Me lo figuraba —lanzó una risilla, sin dejar de rascarse los cojones con una mano—. Ya hemos comentado más de una vez entre familia que tenías pinta de que te gustaran las pollas —soltó tan tranquilamente, tocándosela sin ningún miramiento.

Al oír sus palabras levanté mi mirada y la clavé en sus ojos.

—¿Qué habláis de qué? —me indigné—. Da igual. Mis padres ya lo saben —declaré con cierto resentimiento por aquella afirmación de mi tío, hecha de aquella forma tan malsonante.

—Ya sé que lo saben. Son ellos los que nos lo han dicho para que si tratamos el tema de los maricones sea con tacto —sonrió mi tío, sin dejar de tocarse la polla, como si tuviera un incipiente picor en ella—. ¿Y sabes una cosa, sobrino? Que me parece de puta madre que seas un marica.

—Llamarme marica con ese sarcasmo no creo que sea tratar el tema con tacto —afirmé con el ceño fruncido. Me sentía un poco humillado por la forma en que mi tío me estaba tratando—. Y me da igual si te parece de puta madre o no. Tú no eres nadie para… —pero me callé, pues en ese momento creí que no merecía la pena.

Comenzaba a estar enfadado. Sí, comenzaba a estar muy enfadado, así que me puse en pie con intención de coger mi bañador y largarme dentro de casa para acabar con la conversación. Mi tío se incorporó entonces, quedándose sentado. Estiró el brazo y me agarró por la muñeca a la que pasaba.

—Ven aquí, no te vayas —pidió.

—¿Qué? —le desafié cabreado.

—Arrodíllate y chúpamela, anda —volvió a decir con su sibilino tono. Pero a mí me había parecido entender mal.

—¿Cómo? —tartamudee indignado, y un segundo después tragando saliva.

—Que me chupes la polla un poco, que seguro que me gusta que me la chupes —susurró mi tío casi imperceptiblemente. Tiró de mi hacia abajo y, creo que vencido por el morbo de la situación, me dejé arrastrar así sin más, a la primera de cambio, encontrándome al instante clavado de rodillas en el suelo enlosetado de aquel patio, con el sol quemándome en la piel y con el pelo aún chorreando gotas de agua.

Mi tío se sujetaba la polla fláccida por la base, meneándola frente a mi cara. Todavía estaba cubierta por una buena porción de pellejo y, sin siquiera retirarlo, la capturé en mi boca. Sus manos rodearon mi cabeza y sus dedos se entrelazaron con mi denso pelo apelmazado por el agua. Soltó un breve suspiro y movió sus manos, acariciándome con algo de lujuria. Después empujó y me metí todo aquel gusano de fláccida carne en la boca que poco a poco comenzó a endurecerse. Me la empecé a meter y a sacar, corriendo ya aquel ensalivado prepucio, viendo cada vez más difícil el meterme la punta de aquel capullote hasta el fondo de la garganta y rozar con la punta de mi nariz aquel desordenado matojo de pelo púbico que jamás había sido recortado, pues los pelánganos eran gruesos, alargados y se caían con facilidad, a causa probablemente a la abundancia de ellos.

Mi boca era utilizada como herramienta de placer. Mi tío simplemente me follaba los labios, sin hacer amago de otra cosa, sin dejar de decirme cerdadas que me encendían cada vez más y me ponían mi curvada polla a cien por hora, pues mi mente volaba hacía un nuevo mundo de imaginaciones perversas, hacía un nuevo paraíso de sensaciones en compañía de aquel hombre que sin más se había desvelado como sujeto pasivo de mis felaciones.

Mi cipote apuntaba al cielo, con sus 15 cm de delgada carne circuncidada, con mi rosado glande en forma de capuchón, soltando filos y brillantes hilos de precum. Me la agarraba con fuerza y tiraba de ella hacia abajo, provocándome estremecimientos.

—Te gusta mi polla, eh —me susurraba él con su barbilla cubierta de rala barba apoyada contra mi cabeza, mientras con sus dos manos me sujetaba por las sienes y apretaba para que no me escapara, moviendo a ratos sus dedos para acariciarme el pelo—. Te gusta el pollón que te da tu tío.

—¡Sí, me encanta! —exclamaba yo entre trago y trago de aquella saliva densa que parecía nacerme en lo hondo de la garganta, en donde escarbaba el redondeado capullo de tan magnifica banana familiar.

—¡Qué bien la comes! ¡Diooos! ¡Pero qué bien la comes! —gimoteaba muerto de placer.

—¡Qué rica, tío! —me relamí, pues todas mis babazas me escurrían por la barbilla de forma pesada. Tiraba de la polla de mi tío hacia arriba y le soltaba lengüetazos en los cojones, lo que le hacía soltar jadeos de gustazo. Después succionaba y conseguía colarlos de uno en uno en mi boca, provocándole un cierto dolor con la succión que parecía encabritarlo un poco más, pues se cogía de la base del rabo y me soltaba contundentes pollazos en toda la cara.

—¡Joder! —decía extasiado—. ¡Coño, qué rico! ¡Vamos! ¡Come polla, mamón! ¡COME POLLA! —gritaba enloquecido. Y volvía a abandonar sus cojones para intercambiarlos por su delicioso trabucazo.

A ratos lo volvía a liberar y pasaba toda mi lengua y mis labios por la resaltada curva que hacía su barriga, le mordisqueaba, jugaba con sus pelillos y volvía a refugiar su banana en mi húmeda tráquea. Aquel macho cuarentón me estaba dejando la boca hecha una mierda con sus fuertes embestidas. Me dolía la mandíbula, que intentaba abrirla a más no poder y casi se me desencajaba. No podía más. Mi tío era muy bestia, pero volvía a obligarme a tomar aire y a comer polla.

Llegado un momento me usaba como a un trapo. No me dejaba espacio de maniobra. Simplemente se había puesto de pie, con sus pies descalzos sobre el suelo enlosetado del patio, me tenía a cuatro patos y con una única de sus robustas manos me tenía sujeto por la cabeza, metiéndome y sacándome su polla.

—Pon las manos en la espalda. Cógete de las manos y te las pones en la espalda. Así, sin tocarme —me ordenó. Sabía que lo hacía para que no pudiera apoyarlas en sus piernas y así contener la fuerza de sus embestidas, que a veces me hacían dan arcadas. Pero yo, que no era ninguna putita frágil, las aguantaba lo mejor que podía.

Y así continuaba mi tío encabritándose, pues me agarraba a veces de la barbilla y me hacía levantar la cara para mirarle a los ojos, con mis ojos llorosos por los esfuerzos de aguantar las arcadas, con la garganta picándome. En aquella postura, con la cara hacia arriba, su gruesa banana me entraba en la boca en un ángulo de lo más extraño, pero no me importaba, pues podía observarle mirándome, con una cara que jamás le había reconocido a mi tío. Era lujuria. Era vicio lo que tenía allí estampado, pues se estaba follando la boquita de un chavalillo de 18 años. Y encima sus sobrino.

—¿Así se la chupas a todos? ¿Te habías comida ya la de un hombre de mi edad? —me preguntaba. A lo que yo intentaba responder meneando la cabeza.

Nunca, nunca en la vida me había comido una polla así. Ni de coña. En mi corta experiencia sexual sólo se la había chupado a un chico de 17 años que había conocido por Internet y luego a un amigo de clase que también había descubierto que era gay. Pero sí que había fantaseado más de una vez con que un señor ya madurito me enseñara lo que era el sexo y las buenas pollas, pero de verdad. Y ahora era mi tío. Aquel hombre bastante poco sensible, embrutecido, que ahora bombeaba con su pepino en mi pequeña boca, con las caderas adelante y atrás, con aquella tripa cervecera cubierta de negro vello.

—¡Tío! ¡Tío! —le llamé—. No creo que tarden mucho más. Van a subir ya de la playa —me referí al resto de la familia.

—Ya, joder. Ya lo sé —se quejó molesto. Me retiró la polla de cerca de la cara y se la meneó, masturbándosela con parsimonia. Podía ver como tenía el capullazo todo enrojecido y un hormigueo exhausto recorría los músculos de mi mandíbula—. Bien, entonces acabamos ya, ¿entendido? Pero esto no queda aquí. Me la vas a chupar más veces, ¿verdad?

—Claro. Claro que sí, tío. Joder —dije excitado. Mi tío sonrió satisfecho—. Te la comeré siempre que me lo pidas, ¿vale?

—Te ha gustado mi cipote, ¿eh?

—Sí —respondí, volviendo a cogerlo con la mano y llevándomelo a la boca, sin retirar mis ojos de los de mi tío—. Está buenísimo. Y es tan gordo… ¡Joder! —A la vez que decía esto me toqué mi propia polla, que estaba como una locomotora.

—Me voy a correr en tu carita de niño bueno —declaró mi tío—. Te la voy a dejar blanquita. No veas lo que me pesan los cojones. Eso es de la de lefa que tengo ahí concentrada. —No dije nada. Sólo continuaba mirándole y chupando aquella rica piruleta latente que me zampaba sin piedad. Entonces mi tío dio un paso atrás y me la robó. Posó uno de sus dedos en mi barbilla e hizo que abriera la boca. Aumentó el ritmo de la paja que se estaba haciendo y apuntó a mi boca. —Sí, abre la boca si quieres, aunque no te lo voy a echar ahí.

Vi como su cuerpo se tensaba. Se iba a correr. Le venía a la polla aquella oleada de gordísimos trallazos de crema. En un instante le sentí estremecer entre gritos de “¡Me corro, joder!”, posó la punta de su capullazo entre mis cejas y comenzó a soltar todo lo que tenía allí condensado, unos tres o cuatro gruesos chorros de lefazo que escurrieron por toda mi cara como si fueran ríos de lava, pues realmente ardían y caían en cascada por mis mofletes, se acumulaban en mis lagrimales, bordeaban mis labios y caían hasta mi pecho.

Mi tío, respiraba entrecortadamente, exhausto, como un toro cansado de perseguir el capote del torero. ¡Menuda corrida había sido aquella! Se separó, dio unos cuantos pasos hacia atrás y se sentó en el filo de la tumbona de plástico, mirándome y sin ser capaz de hacer nada, sin ni siquiera conseguir sonreír.

Fue desde aquel día en el que mi tío comenzó a utilizarme para descargar sus tensiones sexuales y se acercaba a casa dos o tres veces por semana para darme polla y leche en sesiones de un par de horas. A él le gustaba demostrar su buen fondo, y mis labios se habían acostumbrado a que bombeara allí dentro con sus gruesos 17 cm de nabo. Era capaz de estar dos horas dale que te pego. Empezaba dejándome a mí hacerle, pero casi siempre acababa conmigo sentado en el suelo, mi cabeza estirada hacia atrás y apoyada en el filo del sofá, y el de pie frente a mí, sujetándome la cabeza con las manos y follándome como si no fuera más que un muñeco o un consolador en el que descargar sus ansias. Todo regado de todo tipo de insultos y cerdadas que le calentaban y, por supuesto, que me calentaban. Me encanta ser tratado así, como un contenedor de polla. Y si mi tío deseaba utilizarme de aquella manera, yo lo deseaba aún más. Lo confieso. No sé decir que no a una gruesa banana madura.

24 horas de Peliculas porno
Por solo 1 euro = 24 horas

  Elige :
- Acceso por tarjeta

- Acceso por sms
- Acceso por telefono

Incesto, sexo anal , corridas, lesbianas, transexuales, maduras etc ..
Podras ver durante 24 horas peliculas porno por solo 1euro
En el servidor privado hay mas de 8.000 dvds porno

Pulsa aqui para entrar por 1 euro o 1 dollar

Vover a la pagina principal

Mas fotos y videos porno
peliculas porno sexo gratis fotos porno sexo gratis
porno gratis videos porno gratis videos porno gratis peliculas porno
Deja un Comentario