Feb
10th

Mi profesor de amor

Archivado bajo Gays, Relatos Porno | Publicado por admin

Aquí relato una bonita aventura que tuve con un viejo profesor de religión. Cura, por más señas, condenado por decreto a sufrir el celibato de por vida. Algo que por innatural es incumplido por muchos; muchos más de los que nos imaginamos.

D. Mateo era un buen profesor. Uno de esos que no dan la tabarra con el Dogma católico. Sus clases consistían casi siempre en una preparación para un trabajo escrito en el que además de verter nuestras opiniones, debíamos de ilustrarnos bien, leyendo libros, revistas, etc. Un excelente enseñante del cual guardo un muy grato recuerdo, por partida doble.

Surgió una bonita amistad fruto de una veneración por mi parte y de una admiración de él por su joven alumno. Una atracción mutua que me llevó a frecuentar su casa y como era apicultor en su tiempo libre, a comprarle durante años una excelente miel.

Tenía este caballero, un criado portugués (permítaseme esta intromisión que no es otra que un fragmento de un bonito poema de Un escritor del Siglo de Oro español, Baltasar del Alcázar) Tenía pues y continúo con mi relato, mi caballero de la Fe una señora a su servicio y una humilde pero coqueta casa de la que pude disfrutar algún tiempo. Cierto es que a mis treinta y cinco aún guardaba el recuerdo y el calor de mi primera relación con un muy maduro hombre. Y aún la conservaba esporádicamente cuando volvía de alguno de mis viajes. Nunca me até a nadie, cuando tenía que moverme, me iba aún con el calor y a veces con el esperma en mi ojete fruto de una despedida caliente y apresurada.

Mis amores con el viejo profesor, con quien había retomado una relación anterior basada en las deliciosas horas de aquel bachillerato nocturno, de aquel instituto en el que tanto aprendí. Cuanto lo eché de menos, después en la Universidad, cuando me dí cuenta de que allí aprender y enseñar era lo de menos, salvo alguna honrosa excepción. La decepción me llevó a dejar los estudios universitarios y adentrarme en el mundillo de los insurrectos afines a Sastre. Mundo alternativo aquel en el que aterricé casi cuando la mayoría empezaban a desencantarse con la utopía recién creada, desprestigiada y apenas puesta en práctica. Decía que aquel bonito amor, con alguien mucho mayor que yo (debo reconocer que siento debilidad por los hombres mayores que yo) me llevó al límite de mi mismo, al descubrimiento de mi parte femenina. A la aceptación de mi bisexualidad. Como uno de aquellos discípulos de la Grecia clásica, entregué mis nalgas a las expertas manos de aquel hombre que pese a su inexperiencia supo arrancar de mí orgasmos intensos que amenazaban con escandalizar a las paredes de aquel Gregoriano aposento.

En un robledal de Olmedo,

Entre Robles y más Robles,

Vive un pueblo acojonado,

Por la leyenda de un conde.

Era el conde de Castilla,

De vida muy disoluta,

Hombre de capa y espada,

Era un perfecto hijo-puta

Un día de cacería,

En el Robledal de Olmedo,

Se encontraron a una dama,

Que estaba metiendo el dedo.

La dama aunque era cachonda

Se resistió lo que pudo.

Y el hijo-puta del Conde

Se la metió por el culo.

(Desconozco el autor)

No nos limitábamos a follar; jugábamos a seducirnos. Descubrí el gusto que mi amante tenía por la lencería más sensual y yo me la ponía para que él me la quitara total o parcialmente. Pasábamos horas deliciosas haciendo el amor y conversando plácidamente después de hacerlo, cuando mi culito aún se recuperaba del susto, y se entretenía en cerrarse convulsivamente a fin de no perder una gota de la blanca esencia de mi amante profesor. ¿Cómo no iba a conversar y más aún escuchar lo que salía de la boca de aquel cultivado hombre que tanto me enseñaba? Yo le enseñaba a el cada rincón de mi cuerpo y le entrenaba en el manejo de otro cuerpo, basándome en mi experiencia. Podía sentirme mujer quizá aún más porque había disfrutado de mujer y aún no siéndolo físicamente hacer que él sintiera al penetrarme que mi ano podía ser una vulva amorosa y entregada.

Cualquier hombre que la haya metido en culito sabe que aunque el placer es diferente, puede llegar a ser muy intenso. El esfínter anal aprieta el pene mucho más que los músculos vaginales y ello proporciona sensaciones muy fuertes. Así que hay que tener cuidado para que el hombre no se vacíe demasiado deprisa. Si lo hace y si es un buen semental, repetirá la hazaña y se portará como un machote dándoos por culo dos o más veces con lo cual os dará tiempo a correros, tanto si sois hombre como mujer.

Así que el viejo profesor, don Mateo, avezado en mostrar lo mejor de si mismo con la palabra. Acostumbrado a sugerir e inspirar, rodeado de alumnos jóvenes y menos jóvenes, siempre respetuoso (fue uno de mis mejores mentores) con sus pupilos, me llevó a un viaje por el placer, a la pérdida momentánea de la conciencia que da el orgasmo. En medio de aquel dormitorio que se deslucía con un papel amarillento y floreado, cutre para nuestros días, se desarrollaba nuestra luna de miel y aquel camastro, antiguo donde los hubiera, descubría nuestros placeres con el típico estruendo de los somieres, aquellos que no mantenían las espaldas rectas. Pero claro hay que reconocer que tenía mucho más morbo dejarse acompañar por la bella sinfonía que sólo aquellas camas antiguas proporcionaban. A una cama moderna, enderezadora de espaldas y otras partes, yo le pondría una campanilla o algo parecido por aquello de compartir con el vecindario tan escandalosa melodía y tan felices encuentros. Es curioso como la gente no tiene pudor en exhibir la violencia verbal y no verbal y sin embargo si lo tiene en mostrar la felicidad de un polvo. Mostrado siquiera en una forma parcial como lo es lo sonoro, lo que se emite y se oye y a veces se contagia. Yo he tenido vecinos ruidosos y he disfrutado con sus fiestas, copiando sus momentos eyaculatorios y participando a veces en la soledad de las sábanas.

Después del primer polvo, un ágape y después a compartir sofá, besitos y caricias, desnudos disfrutando de la soledad cuando su asistente no estaba. Suponía la buena mujer que mi novio era algo más que mi antiguo profesor y que su alumno le visitaba para algo más que para comprarle miel. Suponía aquella comprensiva señora que las mieles eran de otro tipo y que la felicidad en la cara de aquel espigado señor, que le podría haber hecho la competencia al personaje cervantino, respondía a un repetido vaciado de su depósito. Levantaba el tal caballero su adarga antigua para acabar ensartándola no en las aspas de molinos venteros sino entre los esfínteres míos que nunca dijeron no a la propuesta de ataque de tal impulsivo señor.

Mi señor arremetía con su lanza, castigándome sin piedad, compitiendo con las hambres de mi ojete. Y yo, para no ser menos, empujaba hacia atrás, cuando acostados de lado hacíamos el amor y me enculaba con fuerza haciéndome sentir suya, cada vez que me estrangulaba con sus brazos. Yo, como su fiel escudero, aguantaba como podía sus ataques a veces a traición y escupía por mi boca no el refranero popular, sino las más fuertes expresiones relativas al deseo intenso de tener el pene de mi potente amante en mi húmedo interior.

Mi anterior amante, César, que ya conoceréis de mis relatos anteriores, sabía de mi nueva relación y aún me daba por culo de vez en cuando. Más de una vez hubo mezcla de leches, producto de mis ansias de ser penetrado. Debió de compartirme con otro hombre porque conocía muy bien mi generosidad y cuando me follaba, mi culito estaba feliz y relajado y a él le daba doble placer. Yo era su nenita, su putita cachonda y cuanto más le ponía los cuernos, más morbo nos daba. El sexo compartido es doblemente excitante, más intenso, más eléctrico. Con el morbo añadido de otra u otras relaciones, el pene del macho se siente prisionero en una cárcel usada. Una cárcel húmeda y sucia en la que mis dos machos escupían sus ansias.

Cuando salía de la casa de mi profesor amante, enfundado en el anonimato, veía a la gente por la calle, caminando a sus quehaceres, ignorante de los sucesos ajenos. Ajenos a mi placer. Yo caminaba feliz de llevar en mi interior la leche de mi amante. Sus besos, sus caricias y su calor me acompañaban en el trayecto. El recuerdo de sus manos, expertas en el manejo de colmenas, que se deslizaban otra vez por mi suave culito y sus dedos, largos y hábiles, tanteando mi ojete preparando el sublime encuentro. Era tal el placer que me prodigaba su polla siempre dura, que me corría sin necesidad de tocarme; sólo con el estímulo de su polla y sus empujes brutales. Y que decir de sus huevos. Sus huevos golpeándome las nalgas, para acabar, bien follada, tirada en un extremo de la cama, mientras mi hombre reposaba con su pene, objeto de mi deseo, relajado y durmiente, preparando el zumo blanco, ya dispuesto para otro envite.

Aún hoy, después de tantos años de alejamiento, no le olvido. Hace un mes le llamé. Me pregunto si habrá cambiado el rancio papel y aquella renqueante cama, escenario de nuestro amor. Pronto lo sabré. Sabré si a sus setenta conserva aún su potencia de semental. Mi culito hambriento, más hambriento que nunca espera ansioso un nuevo encuentro.

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