Jan
31st

Mi primera sesion con mistress sara

Archivado bajo Relatos Porno, Sado | Publicado por admin

Todo empezó ayer. Decidí hacer una “inversión” en descubrir si el sado era para mí o no. Siempre me han excitado las historias de sado y de dominación: ¿sería igual la realidad? Elegí tres números de una revista: me contestaron dos. Elegí a M. Sara porque me gustó su voz. Además la otra me proponía una sesión con una esclava, y a mí me interesaba medirme en un “tete a tete” con un ama, sin esclavas de por medio. Así que concerté la cita.

 

Antes de salir de casa, estaba tan caliente que me hice dos pajas seguidas. ¡Cómo me ponía de cachondo la idea! Cuando llegué a la dirección que me había dado y me abrió, ¡Dios!, era preciosa. Alta, morena, delgada, con unos pechos generosos y un culo de infarto. Me hace pasar a una sala, y allí hablamos sobre lo que busco.

moore

- Yo quiero saber si el sado es para mí, he leído mucho, pero no tengo experiencia, salvo alguna pinza que me he colocado yo mismo en los pezones, algún consolador que me he metido….

- De acuerdo.
Y tras un pequeño repaso de cuáles son mis fantasías, me dice: - Desnúdate, vete al baño y vuelve. Cuando llegues, ponte de rodillas, y me esperas. Eso he hecho. En ese momento, todavía me preguntaba a veces qué hacía yo allí, eran como flashes que pasaban rápidos por mi cabeza: ¡Estás loco! ¡Pagando para que te peguen!Entonces ha abierto la puerta. Vestida de látex y botas de cuero.
- A partir de ahora, me llamarás siempre ama, ¿lo has entendido, perro? - Sí, mi ama.

 

- Y mientras yo no te diga lo contrario, delante de mí estarás siempre de rodillas, ¿entendido, sucio perro? - Sí, mi ama.

 

- ¿Ves esas cuerdas? Recógelas.

 

- Sí, mi ama.
Eran unas cuerdas que estaban junto a una cruz de San Andrés. Yo todavía no había entendido lo que significaba ser su esclavo. Por eso simplemente las cogí, y se las ofrecí, pensando que las colgaría de alguno de los ganchos de la pared.
¡Zasss! Aquí ha llegado mi primer bofetón. La sangre se me ha congelado, he sentido su fuerza en mi cara.

 

- Esto no es recogerlas. No me gustan los errores.

 

- Lo siento, mi ama. Lo haré mejor ahora, mi ama.
Y las doblé y las recogí al mejor modo marinero que conocía.

 

- Está bien, ponte de pie, putón. Vamos a probarte un poco.

 

- Sí, mi ama.
Cuando me levanto, me empuja contra la cruz de San Andrés de la pared. Me empieza a atar. Los pies y las manos.

 

Mi polla empieza a responder con una pequeña erección. Quedo atado de frente, ofreciéndole a ella mi pene, mis pechos, mis pezones. Y comienza el castigo. Primero me va pellizcando los pezon puede sentir. Mi cuerpo es lo único que ocupa mi mente, los golpes que voy recibiendo, que voy sintiendo. Hay espacio entre uno y otro, me permite respirar, y de pronto otra vez. ¡Zass! Más fuerte que el anterior.

 

-Me gusta azotarte, perrito, y lo haré siempre que quiera. ¿Empiezas a entender lo que significa ser mi esclavo? - Sí, mi ama.
Se me ha puesto dura. No he podido evitarlo. Me siento realmente expuesto ante esta magnífica mujer, ahora mi ama. Y mi polla lo reconoce. Pero al ponerse dura, hay más sitio donde golpear…
Y eso es lo que hace. Deja caer la fusta con alegría sobre mi polla enhiesta.
-Te gusta esto, ¿eh, vicioso? No puedes negarlo, tu polla te delata. ¡Ja, ja, ja! ¡Cómo me gusta que los esclavos agradezcan mi esfuerzo!Y otro fustazo entre los huevos. Y otro. Ahora se aleja, y castiga mis pezones, que aún tienen las pinzas colgando.
-¿Te gusta cómo suenan, perro? Espera, tengo algo especial para ti ahora.
Y saca un aparato que no conozco. Pero enseguida veo por dónde va: ¡son electrodos! Va a ponerme electricidad. Me ha quitado las otras pinzas, con unos buenos tirones, claro, para dejar bien sensible la zona. Y me ha colocado los electrodos en los pezones.
-Ya verás cómo disfrutas, esclavo.

 

Al principio, hacía como cosquillas, hasta era agradable. Pero luego ha subido la intensidad. ¡Y quemaba! ¡Cómo quemaba! Yo me quejaba, con las manos alzadas, atadas en la cruz, pero ella se divertía bajando y subiendo la palanca. Al cabo de un rato, sin quitar las pinzas de los pezones, me ha puesto otra en la polla, cerca del glande, y otra más en los huevos. Y ha seguido la diversión. Al principio, sólo notaba los pezones, quemaban mucho más, y en los huevos sólo notaba un leve cosquilleo. Pero luego, ¡ay! También la polla y los huevos han sufrido. La erección se mantenía, así que se conoce que a mi cuerpo le gustaba esto más que a mi mente. En algunos momentos creía que me desmayaba.
-Dime lo que sientes, esclavo. Cuéntamelo, quiero saberlo.

 

-Mi polla me quema, mi ama. Y mis pezones me estallan. Es un dolor muy diferente, mi ama. A veces me gusta, y a veces me lleva al límite. A veces noto algo parecido a un mareo.
Yo le contaba todo lo mejor que podía. El dolor me nublaba la capacidad de hablar a veces. Ella estaba buenísima, enfrente de mí, jugando conmigo. En ese momento me habría encantado que me tocara, me acariciara, me besara. Tenía verdadera necesidad de tener un contacto con ella. Pero no podía ser. Yo estaba atado a la cruz, y ella lejos de mi alcance.

 

-Abre la boca, esclavo, y ábrela bien.

 

-Sí, mi ama.
Me ha escupido en la boca. Al principio me ha sorprendido. Y lo he tragado. Sabía bien. A crema mentolada. Era una saliva muy blanca, supongo que por la crema. Luego, me ha escupido más en la cara, por el cuerpo.

 

-Eres una zorra asquerosa, y no mereces nada más que escupitajos. Prueba esto otra vez.
Y ha vuelto a darme una descarga de electricidad.

 

Mi cuerpo se estiraba, yo estaba entrando en un túnel del cual no sabía si quería salir. El dolor y el placer se iban juntando, el dolor solapaba al placer, el placer era como un recipiente del dolor. Cuando hemos acabado, tenía los pezones ardiendo. El mareo que había sentido antes iba y venía, pero era agradable. Y se ha puesto delante de mí.

 

-¿Te gusto, verdad? -Claro, mi ama.
Era tan evidente que me gustaba. Mi polla, mis ojos, mi cuerpo lo decían a los cuatro vientos.

 

-Me gustas mucho, mi ama. Me gusta tu boca, grande y sensual. Tus ojazos. Tu cuello es precioso, mi ama, me gustaría ser collar para estar envuelto en él.

 

-¿Y mi culo? No lo has visto bien, ¿verdad? Y me ha enseñado su culo: posturas su gusta sobre todo si te divierte a ti.
Y allí ha estado un buen rato, mientras yo me debatía entre gritar o no, mientras intentaba seguir contándole qué sentía. Después del látigo ha venido la fusta, y luego una paleta. Cada golpe resonaba en mi interior, llevándome a lugares desconocidos antes para mí. He perdido la cuenta de los golpes que he recibido. Me habría encantado poder ver mi culo en ese momento, lo imaginaba, rojo por las marcas, las marcas de mi ama.

 

Cuando me ha soltado, sentía el dolor de los golpes, y el orgullo de estar disfrutando y haciendo disfrutar a mi ama.

 

-¿Fumas, esclavo? Pues vas a ser mi cenicero. Seguro que has soñado muchas veces con esto, ¿verdad? -Sí, mi ama. Pero yo no sabía a qué se refería exactamente con ser su cenicero. Mi imaginación no iba más allá de poner la mano para sostener la ceniza…
Ella cogió un cigarrillo, y lo encendió con una de las velas que había encendidas en la sala.
-Ponte de rodillas, aquí, ante mí.

 

-Sí, mi ama.

 

-Es suave este tabaco.
Yo de rodillas ante ella, guapa como una diosa. La miraba con deseo, con excitación, con expectación.

 

-Abre la boca.
Y cuando he abierto la boca, ¡me ha echado la ceniza dentro! Me he quedado de piedra. Seguro que me lo ha tenido que notar. Aunque yo intento portarme como un buen esclavo.

 

-Traga, perro.
Y yo he tragado. No sabía mal otra sorpresa- ni siquiera quemaba.

 

-Veo cómo me miras, perro. ¿Quieres besar mis pies mientras me fumo este cigarrillo? -Sí, mi ama, por supuesto.
Otra orden que me coge por sorpresa. Pero que voy a disfrutar desde el primer momento. Porque a través de sus botas, puedo sentir sus piernas. Poder tocarla es un sueño, aunque sea tocando sus botas. Voy besando las botas, y voy tocando poco a poco más arriba, hasta que llego a la piel de su pierna. Y como respuesta, una bofetada.

 

-¿Te he dicho yo que me toques la pierna? -No, mi ama.

 

-Que no vuelva a suceder. Abre la boca.
Otra vez descarga su ceniza en mi boca, pero esta vez ya sé lo que tengo que hacer. Trago de la misma. Ya soy su cenicero. Por suerte, no ha apagado la colilla dentro de mí. Se ha conformado con la ceniza. Y yo, cuando no tragaba su ceniza, adoraba sus pies, sus botas de cuero negro, sus piernas firmes y suaves.
Esta bien, zorra. Ahora túmbate en el suelo, con las manos por encima de la cabeza, boca arriba.
- Sí, mi ama.
¡No podía creerlo! Se ha sentado sobre mi estómago. Sentirla era una sensación maravillosa, excitante, casi prohibida. Y ha encendido una vela. Y ha empezado a dejar caer el esperma de la vela sobre mis pezones, mi polla, mis huevos, mi estómago. ¡Dios, cómo quemaba! Era azul oscura, y luego el esperma parecía sangre.

 

Me encantaba tenerla encima, pero a veces la vela quemaba mucho. Pero también era una sensación rápida: en un momento parecía que no iba a poder con ello, y al momento siguiente ya estaba más tranquilo. Según la tenía así, encima, me imaginaba cómo sería que se sentara en mi boca, que me dejara lamer su tesoro, derramar sus flujos sobre mi boca. Pero sabía que eso era demasiado pedir, al menos para la primera cita. Cuando ha apagado la vela, por una parte he respirado y por otra me ha apenado que se levantara. Pero todo se acaba, muchacho. Pero siempre hay algo nuevo. Esta vez ha sacado un caballete, y me ha hecho inclinarme sobre él. Me ha atado las manos abajo, dejando mi culo bien expuesto para la siguiente función.
-¿Te han follado alguna vez, zorra? -Sí, mi ama, con un consolador sí.
El consolador no era muy grande, pero estaba bien, después de los latigazos se sentía muy d Larga e intensa. Ahora mi ama ya conoce mi culo.

 

-Vamos al baño, zorra.

 

-Sí, mi ama.

 

-De rodillas, puta, ¿quién te ha dicho que te levantes? -Sí, mi ama.

 

-Siéntate en la bañera.

 

Ella se ha puesto de pie sobre mí, y ¡qué regalo final! Ha empezado a mearme. Al principio, me caía en el pecho, pero algo dentro de mí ha sentido que eso no podía ser así, así que me he movido y he puesto la boca. He tragado, y bien. La primera vez para mí. Estaba rico, a veces entre amargo y ácido. Pero la sensación de que me meara era el éxtasis. Con su coño afeitadito, su raja bien abierta sobre mí. ¡Qué visión! -¡Qué bautizo, mi ama! -Ahora tócate. Córrete para mí, y luego cómete el semen. No dejes ni una gota en tu mano.

 

-Sí, mi ama.
Y lo he intentado, pero no salía nada. No sé, las pajas, las sensaciones nuevas. Ella me ayudaba, retorciéndome los pezones, enseñándome sus tetas mientras yo me la machacaba, pero nada.

 

-¿Puedo tocarte, mi ama? Tal vez así…

 

-No.
Y ni siquiera me ha dejado tocarle la mano. Al final, ella se ha aburrido, y se ha ido. Yo lo he intentado un poco más, pero hoy no me iba a correr. Y como ya estaba en la ducha, me he duchado mientras observaba las marcas que me había dejado por todo el cuerpo. Por hoy es suficiente.


 

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