Conocà a Estrella en un prostÃbulo. HabÃa acudido allà para aliviar la falta de sexo con mi mujer, que no me ama fÃsicamente desde hace algunos años. En las prostitutas, -he de reconocerlo-, he encontrado compañÃa y un relajante modo de analizar mi problema. Ellas me ayudan y alguna vez se hacen mis amigas. Al finalizar la sesión Tati me acompañó a la puerta. La abrió, pero descubrimos que en el descansillo habÃa un vecino. De manera que Tati cerró la puerta. Dentro de la casa, Estrella, una transexual muy hermosa, pensó que yo me habÃa marchado y salió al pasillo. Pero estaba allà y pude verla. Era tan hermosa que le pedà a Tati que me la presentara. Tati me pasó a una habitación. Al poco rato entró Estrella. Estaba vestida con un vestido de fantasÃa color negro que dejaba ver sus pechos hermosos. Sus ojos grandes, color esmeralda, refulgÃan en el cuarto del amor. Nunca habÃa estado con una chica asÃ. Me pareció fascinante y se lo dije. Me fascinas. Eres muy hermosa. Hablamos un poco y me acompañó a la puerta. Me besó y se despidió y me pidió que volviera a verla.
Pasé toda la noche pensando en ella. La imaginé desnuda junto a mÃ, sin esa braguita que escondÃa su sexo masculino. Estos seres me parecen fascinantes, ya lo he dicho. Creo que tiene mucho mérito convertirse en una mujer partiendo del cuerpo masculino. Toda una obra de construcción esforzada. Me atenazaba la curiosidad y sentÃa deseos de estar con ella, pero tenÃa miedo. Siempre he tenido fantasÃas con transexuales y he de reconocer que, aunque no soy homosexual, disfruto penetrándome objetos. Creo que, para variar, necesitaba ser amado, es decir: ser un sujeto pasivo en la relación.
Pasé el dÃa trabajando, pero pensando en ella. Habitaba en mà como una obsesión. SabÃa que, al caer la tarde, acudirÃa a verla. Llamé a eso de las seis y cuarto para concertar una cita a las seis y media. Llegué acelerado y nervioso. Subà el ascensor, pero cuando llegué me llevé el chasco de que Estrella estaba con otro cliente. Su compañera me dijo que esperara una hora. Asà que me fui a dar una vuelta. Vagué por las calles sintiendo el paso lento de las manecillas. Cansado de andar visité un bar pequeño y aislado que me proporcionó refugio. Hice un crucigrama y acudà de nuevo al piso.
Esta vez me recibió Estrella. Estaba guapÃsima. Me dio un beso en los labios, me cogió de la mano y me llevó a su cuarto. Me dijo que la esperara allà y que me fuera desnudando. Lo hice y esperé, apoyado en la pared, contorneando el cuerpo hacia adelante, mostrando una posición enteramente femenina. Cuando regresó me dirigió una mirada de aprobación, me guiñó el ojo y vino a buscarme. Nos abrazamos y nos besamos. Enseguida se adueñó de mi sexo, y, sin recato, me lo acarició. Su voz era dulce, femenina. Le quité el corpiño y sus senos emergieron al exterior. Eran grandes y tersos. Mi mujer no los tiene tan hermosos. Aún podÃa disfrutar de la contemplación de una escultura femenina, pero dentro de la braguita cabriolaba su pene. Luego me llevó a la cama. Nos besamos durante mucho tiempo mientras ella acariciaba mi polla enervándola. ¿Crees que soy homosexual?, -pregunté- Ella negó con la cabeza. ¿Tú que ves en mÃ?, -me preguntó- ¿Una mujer?, -matizó-. SÃ, -respondÃ- Pues eso…, -contestó, como diciendo, no te inquietes-. En efecto, aún era una mujer, pues su sexo permanecÃa encerrado en la braguita. La verdad es que yo no sentÃa estar con un hombre y eso me tranquilizaba enormemente. De pronto me preguntó si querÃa que se lo quitara todo. Le dije que sÃ, que me apetecÃa verla, sentirla entera, que para eso habÃa venido. Entonces se quitó el tanga y se sentó al borde de la cama. Me fijé en su sexo depilado. Sólo una pequeña alfombrita púbica adornaba su monte de Venus. Más abajo emergÃa un pene grueso, algo más que el mÃo. Se puso un preservativo y me puso otro a mÃ. Luego se tumbó y comenzó a besarme y a acariciarme con exquisita delicadeza. IntuÃa, como asà fue, que irÃa descendiendo a mi pene para succionarlo. Lo hacÃa con deleite, saboreándolo enteramente. Yo me derretÃa junto a ella y no sentÃa rechazo por su polla. Tampoco atracción. Lo comprobé cuando me dio su sexo para que se lo comiera. Era grande y hermoso, lleno de vida. Noté palpitar la sangre en él, hervir. Abre la boquita, me decÃa. Yo querÃa complacerla, pero no sentÃa especial atracción por comerle el sexo. Aún asÃ, lo hice. La complacÃ. Era un acto de generosidad.
Luego me pidió que me tumbara boca abajo. Mi cuerpo quedó enteramente ofrecido, como el de una mujer. Me sentÃa a gusto. Mi sexo, oculto, tapado por el vientre apoyado en el colchón, permanecÃa quieto. Mi espalda y mis nalgas se ofrecÃan a ella. Sus manos comenzaron a acariciarme la espalda. Lo hacÃa con destreza enervando los puntos sublimes que provocaban mi estremecimiento. Quizás ninguna mujer, -pensé- sabÃa acceder con tal precisión a esos erógenos lugares de mi cuerpo. Estrella estaba sentada sobre mi nalga de tal forma que su polla se acomodaba sobre ella. Yo notaba su grosor. No me disgustaba. Lo sentÃa como un instrumento poderoso que la diferenciaba del resto de las mujeres. Era un pedazo de carne nuevo que añadÃa poder en la relación y que, de forma natural, me convertÃa en un hombre pasivo y entregado. Mi parte femenina salÃa sin rémora, sin prejuicio, con completa naturalidad y, lo más tranquilizador, yo no me sentÃa homosexual. Antes al contrario, me reafirmaba en mi masculinidad sabiendo que, por un instante en mi vida, cedÃa un poco mi apetito posesivo y me entregaba tierno en brazos de una mujer muy bella y especial. Estaba fascinado y al tiempo entregado.
Sus manos recorrÃan mi espalda mientras yo me dejaba hacer. Era precioso sentirse asÃ; mi sexo escondido se endurecÃa y palpitaba, pero al no verlo, al estar la verga inevitablemente aplastada por mi vientre, no percibÃa esa proyección como algo propio de mi género, sino que pensaba que palpitaba obediente, tierno, sumiso, recogido, vencido por la superioridad de un ser que me cabalgaba entremezclando el poder de los dos sexos. Se sentó luego sobre mis muslos abandonando la nalga, que quedó expedita. La abrió con sus manos y jugó con ella. Yo la imaginaba a ella observando mi cuerpo como un objeto de deseo, como asà era. No sé por qué Estrella sabÃa que yo deseaba ser penetrado. La intuición y la inteligencia de estos seres es magnÃfica. Estrella sabÃa lo que yo querÃa. Se tumbó junto a mà apoyando su cabeza junto a la mÃa. Sus manos me recorrÃan y sus pechos se acolchaban sobre mi espalda. Era de un erotismo sublime sentirme explorado y deseado, y por ello no puse resistencia cuando Estrella prospectó mi nalga buscando el orificio que lentamente se transformaba en algo más para ella y para mÃ. Sus dedos me penetraban sin brusquedad, y sin sobresalto jugaba conmigo adueñándose de mi secreto. Por fin algo mÃo era una oquedad destinada al deleite, por fin sentÃa que podÃa recibir en lugar de dar, recoger dentro de mi interior un cuerpo. Estrella avanzaba lentamente. SabÃa que yo era virgen y eso probablemente la excitaba más. Noté que me impregnaba una crema y entonces supe que querÃa algo más. Sentà su pene apretando mi carne sin penetrarla. Jugaba con ella, la acariciaba, se frotaba con los dos lados de mi nalga dividida. Más tarde noté un leve empujón, un intento de entrar, de adueñarse. Era cálido aquel contacto, a pesar de la funda. Yo notaba su calor, su inmensa llama quemándome. Me penetró un poco y por fin la sentà unida a mÃ. Pero no siguió porque yo mostré signos de dolor.
Entonces me dio la vuelta y se sentó sobre mÃ, Enervó mi pene con su mano. Luego se administró crema en su orificio. Cogió mi polla y se penetró con ella. Su pene grueso dormÃa sobre mi pubis mientras ella cabalgaba. Ahora yo era un hombre entregado y amado, concernido por la estrechez de su nalga, por sus movimientos precisos y contundentes. Estuvo asà un buen rato, amándome, dejándome escuchar sus jadeos, su musicalidad excitante. Luego se deshizo de mà y se tumbó pidiéndome que la penetrara. Me dijo que la follara fuerte, y lo hice. No habÃa resistencia en su sexo anal, que se dilataba fácilmente. Estaba dispuesta y se sentÃa pletórica, llena, entregada. Yo le alzaba las piernas y la penetraba. El calor era intenso en la habitación, sudábamos, pero no importaba. Me exclamó que querÃa mi leche caliente dentro de ella y la pronunciación de tales palabras logró excitarme. El orgasmo me llegaba con facilidad y se extendÃa por todo mi cuerpo. Al final me deshice en su cuerpo, agoté y colmé mi apetito besándola, derramándole mi semen blanco, mi rÃo de vida. Ella se mostró satisfecha, entera, pero partida por mi polla endurecida. Al cabo de todo yo era, al final, el hombre que la contentaba.











