Jan
25th

El transexual que amo por vez primera

Archivado bajo Relatos Porno, Transexuales | Publicado por admin

Conocí a Estrella en un prostíbulo. Había acudido allí para aliviar la falta de sexo con mi mujer, que no me ama físicamente desde hace algunos años. En las prostitutas, -he de reconocerlo-, he encontrado compañía y un relajante modo de analizar mi problema. Ellas me ayudan y alguna vez se hacen mis amigas. Al finalizar la sesión Tati me acompañó a la puerta. La abrió, pero descubrimos que en el descansillo había un vecino. De manera que Tati cerró la puerta. Dentro de la casa, Estrella, una transexual muy hermosa, pensó que yo me había marchado y salió al pasillo. Pero estaba allí y pude verla. Era tan hermosa que le pedí a Tati que me la presentara. Tati me pasó a una habitación. Al poco rato entró Estrella. Estaba vestida con un vestido de fantasía color negro que dejaba ver sus pechos hermosos. Sus ojos grandes, color esmeralda, refulgían en el cuarto del amor. Nunca había estado con una chica así. Me pareció fascinante y se lo dije. Me fascinas. Eres muy hermosa. Hablamos un poco y me acompañó a la puerta. Me besó y se despidió y me pidió que volviera a verla.

Pasé toda la noche pensando en ella. La imaginé desnuda junto a mí, sin esa braguita que escondía su sexo masculino. Estos seres me parecen fascinantes, ya lo he dicho. Creo que tiene mucho mérito convertirse en una mujer partiendo del cuerpo masculino. Toda una obra de construcción esforzada. Me atenazaba la curiosidad y sentía deseos de estar con ella, pero tenía miedo. Siempre he tenido fantasías con transexuales y he de reconocer que, aunque no soy homosexual, disfruto penetrándome objetos. Creo que, para variar, necesitaba ser amado, es decir: ser un sujeto pasivo en la relación.

 

Pasé el día trabajando, pero pensando en ella. Habitaba en mí como una obsesión. Sabía que, al caer la tarde, acudiría a verla. Llamé a eso de las seis y cuarto para concertar una cita a las seis y media. Llegué acelerado y nervioso. Subí el ascensor, pero cuando llegué me llevé el chasco de que Estrella estaba con otro cliente. Su compañera me dijo que esperara una hora. Así que me fui a dar una vuelta. Vagué por las calles sintiendo el paso lento de las manecillas. Cansado de andar visité un bar pequeño y aislado que me proporcionó refugio. Hice un crucigrama y acudí de nuevo al piso.

 

Esta vez me recibió Estrella. Estaba guapísima. Me dio un beso en los labios, me cogió de la mano y me llevó a su cuarto. Me dijo que la esperara allí y que me fuera desnudando. Lo hice y esperé, apoyado en la pared, contorneando el cuerpo hacia adelante, mostrando una posición enteramente femenina. Cuando regresó me dirigió una mirada de aprobación, me guiñó el ojo y vino a buscarme. Nos abrazamos y nos besamos. Enseguida se adueñó de mi sexo, y, sin recato, me lo acarició. Su voz era dulce, femenina. Le quité el corpiño y sus senos emergieron al exterior. Eran grandes y tersos. Mi mujer no los tiene tan hermosos. Aún podía disfrutar de la contemplación de una escultura femenina, pero dentro de la braguita cabriolaba su pene. Luego me llevó a la cama. Nos besamos durante mucho tiempo mientras ella acariciaba mi polla enervándola. ¿Crees que soy homosexual?, -pregunté- Ella negó con la cabeza. ¿Tú que ves en mí?, -me preguntó- ¿Una mujer?, -matizó-. Sí, -respondí- Pues eso…, -contestó, como diciendo, no te inquietes-. En efecto, aún era una mujer, pues su sexo permanecía encerrado en la braguita. La verdad es que yo no sentía estar con un hombre y eso me tranquilizaba enormemente. De pronto me preguntó si quería que se lo quitara todo. Le dije que sí, que me apetecía verla, sentirla entera, que para eso había venido. Entonces se quitó el tanga y se sentó al borde de la cama. Me fijé en su sexo depilado. Sólo una pequeña alfombrita púbica adornaba su monte de Venus. Más abajo emergía un pene grueso, algo más que el mío. Se puso un preservativo y me puso otro a mí. Luego se tumbó y comenzó a besarme y a acariciarme con exquisita delicadeza. Intuía, como así fue, que iría descendiendo a mi pene para succionarlo. Lo hacía con deleite, saboreándolo enteramente. Yo me derretía junto a ella y no sentía rechazo por su polla. Tampoco atracción. Lo comprobé cuando me dio su sexo para que se lo comiera. Era grande y hermoso, lleno de vida. Noté palpitar la sangre en él, hervir. Abre la boquita, me decía. Yo quería complacerla, pero no sentía especial atracción por comerle el sexo. Aún así, lo hice. La complací. Era un acto de generosidad.

 

Luego me pidió que me tumbara boca abajo. Mi cuerpo quedó enteramente ofrecido, como el de una mujer. Me sentía a gusto. Mi sexo, oculto, tapado por el vientre apoyado en el colchón, permanecía quieto. Mi espalda y mis nalgas se ofrecían a ella. Sus manos comenzaron a acariciarme la espalda. Lo hacía con destreza enervando los puntos sublimes que provocaban mi estremecimiento. Quizás ninguna mujer, -pensé- sabía acceder con tal precisión a esos erógenos lugares de mi cuerpo. Estrella estaba sentada sobre mi nalga de tal forma que su polla se acomodaba sobre ella. Yo notaba su grosor. No me disgustaba. Lo sentía como un instrumento poderoso que la diferenciaba del resto de las mujeres. Era un pedazo de carne nuevo que añadía poder en la relación y que, de forma natural, me convertía en un hombre pasivo y entregado. Mi parte femenina salía sin rémora, sin prejuicio, con completa naturalidad y, lo más tranquilizador, yo no me sentía homosexual. Antes al contrario, me reafirmaba en mi masculinidad sabiendo que, por un instante en mi vida, cedía un poco mi apetito posesivo y me entregaba tierno en brazos de una mujer muy bella y especial. Estaba fascinado y al tiempo entregado.

 

Sus manos recorrían mi espalda mientras yo me dejaba hacer. Era precioso sentirse así; mi sexo escondido se endurecía y palpitaba, pero al no verlo, al estar la verga inevitablemente aplastada por mi vientre, no percibía esa proyección como algo propio de mi género, sino que pensaba que palpitaba obediente, tierno, sumiso, recogido, vencido por la superioridad de un ser que me cabalgaba entremezclando el poder de los dos sexos. Se sentó luego sobre mis muslos abandonando la nalga, que quedó expedita. La abrió con sus manos y jugó con ella. Yo la imaginaba a ella observando mi cuerpo como un objeto de deseo, como así era. No sé por qué Estrella sabía que yo deseaba ser penetrado. La intuición y la inteligencia de estos seres es magnífica. Estrella sabía lo que yo quería. Se tumbó junto a mí apoyando su cabeza junto a la mía. Sus manos me recorrían y sus pechos se acolchaban sobre mi espalda. Era de un erotismo sublime sentirme explorado y deseado, y por ello no puse resistencia cuando Estrella prospectó mi nalga buscando el orificio que lentamente se transformaba en algo más para ella y para mí. Sus dedos me penetraban sin brusquedad, y sin sobresalto jugaba conmigo adueñándose de mi secreto. Por fin algo mío era una oquedad destinada al deleite, por fin sentía que podía recibir en lugar de dar, recoger dentro de mi interior un cuerpo. Estrella avanzaba lentamente. Sabía que yo era virgen y eso probablemente la excitaba más. Noté que me impregnaba una crema y entonces supe que quería algo más. Sentí su pene apretando mi carne sin penetrarla. Jugaba con ella, la acariciaba, se frotaba con los dos lados de mi nalga dividida. Más tarde noté un leve empujón, un intento de entrar, de adueñarse. Era cálido aquel contacto, a pesar de la funda. Yo notaba su calor, su inmensa llama quemándome. Me penetró un poco y por fin la sentí unida a mí. Pero no siguió porque yo mostré signos de dolor.

 

Entonces me dio la vuelta y se sentó sobre mí, Enervó mi pene con su mano. Luego se administró crema en su orificio. Cogió mi polla y se penetró con ella. Su pene grueso dormía sobre mi pubis mientras ella cabalgaba. Ahora yo era un hombre entregado y amado, concernido por la estrechez de su nalga, por sus movimientos precisos y contundentes. Estuvo así un buen rato, amándome, dejándome escuchar sus jadeos, su musicalidad excitante. Luego se deshizo de mí y se tumbó pidiéndome que la penetrara. Me dijo que la follara fuerte, y lo hice. No había resistencia en su sexo anal, que se dilataba fácilmente. Estaba dispuesta y se sentía pletórica, llena, entregada. Yo le alzaba las piernas y la penetraba. El calor era intenso en la habitación, sudábamos, pero no importaba. Me exclamó que quería mi leche caliente dentro de ella y la pronunciación de tales palabras logró excitarme. El orgasmo me llegaba con facilidad y se extendía por todo mi cuerpo. Al final me deshice en su cuerpo, agoté y colmé mi apetito besándola, derramándole mi semen blanco, mi río de vida. Ella se mostró satisfecha, entera, pero partida por mi polla endurecida. Al cabo de todo yo era, al final, el hombre que la contentaba.



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