La Fiesta
-”No te preocupes no pasará nada. Tu me lo dejas todo a mà y ya verás que bien lo pasamos.”
Eso fue lo que me dijo mi “amiga” Laura una semana antes de Halloween. He de decir que mi amiga va entre comillas porque tanto ella como yo, somos hombres. Y heterosexuales. O al menos yo lo soy, o bueno, lo era…
Soy travestà en la intimidad, y lo soy desde que tengo uso de razón. Mis primeros recuerdos son probándome la ropa de mis madre y mis tÃas. Es una necesidad, un placer que no sabes bien de donde viene ni por qué, pero que está ahà y no puedes negarlo. Y si bien las fantasÃas con hombres suelen ser recurrentes nunca antes me sentà atraÃda por ningún hombre, al menos conocido.
La llegada a su casa fue muy cordial, fue genial comprobar que la sintonÃa que notaba con ella por Internet se mantenÃa en persona. Su casa era espectacular. Se ve que no tenÃa dificultades económicas y su buen gusto era notable. Mi habitación era espaciosa, si bien más austera en cuanto a decoración. Pero la cama era estupenda, comodÃsima y las sábanas de raso. El armario estaba completamente vacÃo, si bien el suyo estaba repleto, repleto de ropa de mujer, que por supuesto me dio permiso para usar cuanta quisiera.
Como esa noche era la fiesta, el dÃa lo pasamos depilándonos, maquillándonos y hablando de ropa y cosméticos como dos mujeres normales. Bueno, dos mujeres normales hablarÃan de hombres y sexo. Y cuando Laura sacó ese tema no quise saber nada del tema. Ella me comentó que últimamente sus fantasÃas con hombres eran mucho más intensas y que estaba casi decidida a probar el sexo como mujer, recibiendo a un hombre. Una forma muy elegante de decir que estaba loca porque se la follaran.
Es cierto que esa conversación me incomodó un poco, si bien esas fantasÃas las tenemos todas, son solo eso fantasÃas. Con hombres anónimos y en muchos casos sin interés en llevarlas a cabo. Ella me entendÃa perfectamente y me indicaba que no tenÃa que preocuparme, que al local iban muchas parejas y chicas solas, que no tendrÃa problema en encontrar una mujer, o simplemente disfrutar de una noche como mujer sin necesidad de sexo.
La conversación fue realmente animada y distendida. Cierto es que la parte más divertida fue contándonos nuestras fantasÃas y comentando los distintos consoladores que Laura tiene en su casa. Asà entre risas, alguna que otra copita de anisette y algún cigarrillo se pasó la tarde.
Llegó el momento de vestirnos. Mi atuendo consistÃa en un traje de faralaes con manga larga, de raso de color blanco, con vuelo bajo la cadera en cuatro volantes con bordados también en blanco. El corsé, de raso blanco por supuesto, hacÃa mi figura más femenina y dejaba al vestido ajustarse a mis caderas y mi culito. Liguero para las medias blancas y zapatos de flamenca en charol blanco, con un considerable tacón que realzaba mi trasero dejándolo respingón y femenino. Cuando Laura me ofreció dos pequeñas prótesis para mi pecho, preferà llevar mi pecho tal cual, sin engaños. PreferÃa ir plana a confundir a algún hombre y tener que dar luego explicaciones. Mi traje se completaba con un mantón de seda de color rojo, que cerraba mi figura y abrigaba lo justo, a juego con un precioso abanico de color rojo. Laura se esmeró realmente bien con mi maquillaje. Una base excelente, los ojos bien delineados y mucha máscara de pestañas. Sombras claras en los párpados con brillito y en los labios un gloss rojo intenso del mismo tono que las uñas postizas.
Estaba fabulosa, al verme al espejo ni me lo creÃa. Mi pelo, medianamente largo, con suficiente gomina, se peinó muy ceñido a mi cabeza, con la raya a un lado, con caracolillos que adornaban mis mejillas. Un moño postizo del mismo tono que mi pelo y una flor tras mi oreja izquierda. Los pendientes, de perlas enormes, como buena gitana, y dos collares también de perlas, uno más grueso y oto más finito terminaban mi atuendo. Laura llevarÃa en su bolso todo lo necesario según ella. Asà pues, tras las fotos pertinentes, encendà un cigarrillo, cogà mi abanico y a mi amiga del brazo y nos fuimos al local.
El taxi, que pagamos sin mediar palabra, nos dejó en la puerta. En el local dos porteros como dos camiones de grandes nos invitaron a pasar y una vez dentro, la chica de relaciones públicas, una travestà llamada Cristal, nos recibió con dos besos a cada una y una sonrisa que podrÃa levantar a un muerto. Vestida como un hada del bosque nos deseo una feliz velada y le dijo a Laura antes de irse, que sus chicos no habÃan llegado aún. Cosa que me extrañó un poco. En parte por la familiaridad que tenia con la rr.pp. y en parte por lo de los chicos.
Una vez dentro el local era fantástico. Gangsters se mezclaban con piratas, vaqueros, princesas, cleopatras y brujas. Vampiros, vampiresas, un pitufo incluso con su pitufina… Eso si, todos los disfraces se veÃan preciosos y parecÃan realmente caros. Pedimos unas copas y Laura me presentaba algunas personas que ya conocÃa del local. Es cierto que habÃa alguna mujer, pero acompañada siempre. En su mayorÃa eran hombres, y algún travestÃ. De todos modos decidà pasarlo bien y disfrutar la noche.
Mi abanico se convirtió en mi juguete preferido. Lo usaba para guiñar, provocar, saludar, insinuar. Intenté beber muy poco, Martini con limón siempre. Y las rayitas de coca que me pasó Laura en el baño me mantuvieron en mi sitio. Relajada y entonada me sentÃa realmente bien como mujer. Y no me importaba estar rodeada de hombres. Es más, me resultó divertido sentirme tan deseada y admirada.
Más tarde me percaté de un par de hombres enormes, vestidos de romanos. DebÃan ser culturistas o algo, su musculatura era imponente y debÃan pasar del metro noventa el mayor y algo menos el otro. Me miraban sin cesar y sonreÃan mucho. Yo seguÃa jugando con mi abanico y los provocaba divertida. Un poco después se acercaron a nosotras y saludaron a Laura, que se mostró encantada de verlos.
-¡Chicos, que alegrÃa veros! Qué guapos estáis. Permitidme que os presente.- dijo señalándome a mÃ. -Esta es Begoña, mi amiga sevillana, ¿recordaréis que os hablé de ella cierto?
-Claro que sÃ, es mucho más guapa de lo que dijiste.- dijo el más grande de ellos, que se llamaba Eduardo. Un vendedor de coches de 42 años, que se tomaba muy en serio su cuerpo. El otro, José, un poco más callado, resultó también amable y simpático.
-¿Porqué no nos pedÃs una copa mientras vamos al baño? – les preguntó Laura mientras me cogió del brazo y me llevó al servicio.
Allà nos retocamos el maquillaje entre una bruja y Pitufina. Que por cierto, para ser la única mujer biológica, Pitufina era con mucho la menos femenina de las cuatro. Laura me comentó que conoció a estos dos hombres el primer dÃa que entró al local. Que se hicieron amigos al momento y que sospechaba que eran pareja. Ella estaba decidida a comerse una polla esa noche. Volvió a preguntarme si estaba interesada y le volvà a decir que no, que lo estaba pasando genial pero que no necesitaba ninguna polla para sentirme mujer. A lo que respondió que me respetaba, pero que no me entendÃa. Eso lo dijo mientras sacaba un botecito de cristal del bolso, lo abrió y esnifó fuertemente su contenido liquido. A continuación me lo ofreció diciendo que me encantarÃa, que era genial y me relajarÃa un montón. Hice lo mismo que ella, por supuesto. Un olor fortÃsimo me llegó a la base del cráneo. Cuando me despejé, una risita floja se me escapó y de verdad que me relajaba. Me encontraba flotando en una nube mientras dejábamos el baño para dirigirnos a la mesa donde estaban sentados nuestros gladiadores Eduardo y José. Laura tomó su copa y les indicó que los dejaba conmigo, que ella tenia “cosas que hacer”. Antes de irse nos miramos y se me volvió a escapar la risita floja.
Los chicos me invitaron a sentarme entre ellos y me ofrecieron mi copa de martini. Charlamos animadamente mientras comentábamos lo maja que era Laura y nos Ãbamos conociendo un poco. Ellos se fijaban mucho en los chicos jóvenes, me pedÃan mi opinión femenina y brindábamos si alguno recibÃa un “aprobado” por mi parte, o si alguno me saludaba cuando le hacÃa señales con mi abanico. Al tiempo fui notando como los gladiadores estaban cada vez más cerca de mÃ. Incluso Eduardo tenÃa ya su mano sobre una de mis piernas. Me levanté de golpe y ellos se asustaron un poco. Se disculparon tanto y tan sinceramente que me sentà una boba por romper el buen rollo que tenÃamos. Básicamente era yo la que estaba portándose como una calienta… Bueno, como una mujer un poco suelta, y no podÃa culparles por seguirme el juego. Además, era realmente divertido. Asà que para aliviar mi culpabilidad y recuperar el buen rollo les pedà que me enseñaran el local. Aceptaron encantados. Me tomaron del brazo y entre los dos fuimos recorriendo todo el pub. Al salir de la zona de las mesas, Laura, muy metida en una conversación con un pirata, me guió el ojo a mà y levantó el pulgar como respuesta a las señas que le hizo Eduardo. Sin darle más importancia nos dirigimos a las otras salas mientras José me acariciaba el culo. Pero esta vez, en lugar de romper el juego, dejé escapar la risita floja y también se lo cogà yo a él, que dejo escapar una exclamación de sorpresa. Asà entre risas llegamos a la zona de baile, mucho ruido, poca luz, quizás luego venimos. El cuarto oscuro preferà dejarlo, aunque ellos me invitaron entre risas, pero una dama no entra en esos sitios, respondÃ.
Al final llegamos a la zona de las salas privadas y sentà curiosidad por ver una. Eduardo abrió una de las libres y entramos. Era una pasada. Una cama enorme con sábanas de raso, sofá, mini-bar, televisión con circuito cerrado de porno, baño con jacuzzi…
-¿Te gusta? – dijo Eduardo. Que se encontraba frente a mÃ.
- Me encanta.- dije yo, notando la mano de José volviendo a acariciar mi culo. – Eres un gladiador malo, José, le increpé divertida.
Al poco no acariciaba mi culo, si no que sus manos rodearon mi cuerpo, apresándome por completo. Sin hacerme daño, por supuesto, pero completamente inmovilizada.
-¡Jijijij! – La risita floja se escapó otra vez, contagiando a los dos hombres que rieron fuertemente – Ya vale, suéltame, por favor.
Comencé a asustarme cuando Eduardo me dijo que aquà dentro no puede oÃrnos nadie, por más que gritemos. Y ciertamente la música que se oÃa de fondo era un estruendo.
José se sentó al borde de la cama, sin dejar de “abrazarme”, dejándome sentada en su regazo, completamente inmovilizada. Eduardo mientras encendÃa el monitor en un canal de porno gay, en el que dos hombres de gran tamaño sodomizaban y le hacÃan chupar a un chico más joven y delgado. De pronto supe quién era yo de los tres, y comencé a notar la erección de José bajo mi vestido, mientras Eduardo se acercaba frotando su sexo bajo la falda de gladiador.
Asustada, inmovilizada, con ganas de gritar, llorar y salir corriendo. Pero sin fuerzas para nada de eso. Tanta droga me tenÃa floja, sin coraje. Un par de lágrimas escaparon de mis ojos cuando el enorme pene de Eduardo toco mi mejilla. La punta de su pene acariciaba mis mejillas y mis labios mientras el decÃa lo preciosa que era, y la razón que tenia Laura.
Me decÃan que no me asustara, que me iba a encantar, que me iban a hacer mujer. José, sin soltarme ni un momento, no dejaba de acariciarme gentilmente todo lo que le permitÃa su postura. Sus delicados besos en mi nuca eran terriblemente agradables y sensuales. Sus labios mordÃan mi oreja y su lengua penetraba mi oÃdo, excitándome sin poder evitarlo. Eduardo me tranquilizaba con palabras dulces, llamándome princesa, acariciando mi cara con su pene.
-Abre la boca princesa. – dijo Eduardo.
-No por favor.- dije yo entre sollozos.
-Vamos reina, se una mujercita de verdad y abre la boca. Lo estás deseando putita.- susurraba José a mi oÃdo, de la forma más dulce que se pueda susurrar la palabra putita.
Eduardo acariciaba mis labios con su pene esperando que me decidiera a dar el paso. Loco por ver mi expresión al quitarme de cuajo cualquier resto de hombrÃa y masculinidad. Por sentir el momento en que paso a ser una putita. Su glande brillante, grueso, salado acariciaba mis labios entreabiertos y chocaba con mis dientes que se resistÃan a dejarle pasar.
-¡Que abras la boca!- gritó.
Y abrà la boca.
El pene de Eduardo pasó por completo hasta mi garganta produciéndome unas enormes arcadas. Por un momento pensé que iba a vomitar. Entonces sacó su pene rápidamente permitiéndome respirarse agachó frente a mi y me acarició la cabeza.
-Tranquila princesa, es normal la primera vez. He sido muy brusco perdona.- me dijo dulcemente mientras recuperaba mi aliento. Yo lo miraba asustada. Él me tranquilizaba con su mirada mientras recibÃa los dulces besitos en la nuca de José. – Verás como ahora lo haces mejor.- me dijo besándome dulcemente en los labios.
Una vez más acercó su pene a mis labios y me indicó que abriera la boca. Esta vez obedecà al primer momento. Su pene entró despacio, llenando mi boca de polla, rozando suavemente mis labios y lengua. Instintivamente comencé a succionar, despacio, apartando los dientes, usando mi lengua. MovÃa mi cabeza para recorrer todo su pene con mis labios. Besaba su glande, inundaba mi boca de saliva. Estaba chupándole la polla a un hombre y lo estaba disfrutando.
José me decÃa al oÃdo cosas como “ves que bien?” o “lo haces de maravilla”, “eres increÃble, princesa” y al poco le preguntó a Eduardo si me podÃa soltar. Éste le dijo que sÃ, que ya no habÃa peligro. José se levantó dejándome a mi sentada al borde de la cama, para que continuara felando a su compañero. Una vez de pie, ambos hombres se besaron dulcemente en los labios.
-¿Qué tal, es buena?- preguntó José a Eduardo.
-Lo hace muy bien, va a ser estupenda.
Al oÃr esto me sentà completamente excitada. Era buena chupando pollas. Ya con mis manos libres pude acariciar toda la extensión del pene de Eduardo. Ver mis manos decoradas con mis largas uñas y mis pulseras de perlas me hicieron sentir terriblemente femenina.
José acercó también su pene y me lo dio a probar. Le sonreà y lo introduje en mis labios sin dejar de acariciar a Eduardo. Este era más delgado, pero más largo, e igualmente sabroso. De no querer saber nada de tÃos, y de presumir de heterosexual, tenÃa de repente dos pollas en mis manos y me las estaba comiendo. Empecé a notar la zona de mi culo completamente sudada. Eduardo me dejó a solas con la polla de José para acariciarme por todo el cuerpo. Se desnudó dejando su imponente cuerpo a la vista, y por la mirada que puse debà delatarme porque Eduardo me inquirió un “te gusta, ¿verdad?”.
Eduardo me puso de pie mientras José se desnudaba también y se colocaba frente a mÃ, realmente cerca. No pude evitar el impulso de acariciar su pecho con mis manos de mujer. Acariciar sus pezones, sus enormes brazos, su magnifico pene. No pude evitar dejarme besar. Se inclinó sobre mÃ, me cogió por la nuca y acercó sus labios a los mÃos sin ofrecer resistencia ninguna. Eduardo me acariciaba y me desnudaba quitándome el vestido, el corsé y bajándome las bragas. Solo el liguero con sus medias y los zapatos quedaron sobre mi cuerpo. Los dos hombres se apretaron contra mà y pude sentir sus pieles rozar con la mÃa. Las manos de Eduardo jugaban con mi espalda, con mis nalgas, con mi entrepierna. Mientras José besaba mis labios, acariciaba mi pene, y recibÃa mis caricias por su parte.
De repente algo duro y cálido se acercó a mi ano y antes de poder decir “espera”, se metió todo de golpe provocando un saltito y un gritito de sorpresa y dolor. Más sorpresa que dolor por supuesto. Pensé de pronto que me habÃan follado, pero fue solo el dedo corazón de Eduardo el que, rebosante de lubricante, entró en mi ano. Poco a poco un suave escozor inundó mi culo y mi ano, suplicando alivio, algo que lo frotara, que lo rascara.
José entonces me susurró al oÃdo, “relájate princesa, Eduardo te va a hacer mujer”. Consciente de lo que implicaba, intenté negarme puesto que dentro de nuestras estúpidas ideas, una cosa es chupar una polla o dos, y otra ser un muerde almohadas. Eso ya es ser una maricona y yo no puedo permitirlo. Pero consciente de lo que implicaba, Eduardo, volvió a cerrar sus brazos sobre mÃ, inmovilizándome otra vez.
Su pene estaba ya entre mis nalgas, y sus piernas intentaban situarse entre las mÃas. Yo intentaba evitarlo, negándome y suplicando que me dejaran. Pero inmovilizada como estaba sabÃa que sólo era cuestión de tiempo. José seguÃa acariciando mi cuerpo y tranquilizándome con sus palabras dulces y sus piropos. Eduardo, más fuerte aún que José, no me hacÃa tampoco ningún daño. Era dulce y gentil en su abrazo y su cuerpo acariciaba el mÃo al restregarse, situándose de modo que facilitara la penetración. Entonces Eduardo se sentó en el sofá, conmigo entre sus brazos, con su pene entre mis nalgas, deseando penetrarme. De algún modo Eduardo permitÃa que me mantuviera elevada sobe mis piernas, evitando la penetración. QuerÃa que fuese yo la que se clavara su pene, por deseo, aceptación o agotamiento. Con todas mis fuerzas intentaba mantenerme erguida, consciente de lo que implicaba dejarse caer, y muy a mi pesar, consciente de lo inútil de mi esfuerzo.
José, que no dejó de acariciarme en ningún momento comprendió mi situación y actuó en consecuencia.
-No luches más princesa, sabes que es inútil. – me dijo mirándome a los ojos. – déjate hacer, te va a encantar, ya veras.
-Vamos reina, no te niegues más a ti misma. Sabes que lo deseas. – DecÃa Eduardo a mis oÃdos.
José entonces besó mis labios con dulzura, puso la mano sobre mi hombro y empujo despacio hacia abajo. No sé si no me quedaban fuerzas para negarme, o fui yo la que acompaño su movimiento. Pero poco a poco comencé a bajar y noté el glande de Eduardo tocar mi ano, y poco a poco irlo abriendo hasta notar como se deslizaba dentro de mi cuerpo. El dolor si bien no insoportable era intenso. Intentaba gemir para paliar el dolor pero los besos de José apagaban mis gritos. Intenté levantarme para sacar el enorme pene de mi ano pero los brazos de Eduardo ahogaron mis esfuerzos. Sus palabras y susurros dulces me calmaban y me invitaban a seguir bajando. Poco a poco mi ano se acostumbró al tamaño de semejante invasor y lo aceptó. La mano de José volvió a colocarse en mi hombro y volvió a empujar despacio hacia abajo. Me miró a los ojos y me dijo “Vamos, termina de hacerte mujer”. Mientras escuchaba esto el pene de Eduardo entraba en mi cuerpo poco a poco, hasta el fondo, donde el dolor volvió a presentarse aunque de forma menos intensa. Más llevadera. Mis gemidos de dolor empezaron a mezclarse con gemidos de placer. Eduardo abrió sus brazos liberándome de su prisión y como él sospecha, no rechacé su penetración. Sus manos me acariciaban en lugar de secuestrarme. José se inclinó entonces para volver a besar a su compañero en los labios. Yo me volvà para ver bien ese beso, y participar de el en lo posible. José se retiró entonces y le dijo “fóllatela”. A esto Eduardo me susurró a l oÃdo “pÃdemelo putita”, “pÃdeme que te folle”.
-Fóllame.- dije yo, excitada como nunca mientras las manos de Eduardo pellizcaban con fuerza mis pezones.
–SuplÃcalo puta.- dijo José agarrando mis testÃculos.
-Fóllame, por favor! –supliqué.
Eduardo me tumbó en la cama con un movimiento rápido dejando mi culo en pompa y mi cabeza sobre la cama. Sujetando mi cabeza con una mano, con la otra dirigió la punta de su pene a mi ano, donde se clavó sin resistencia. Y empezó a follarme.
Un breve instante de dolor dio paso a un placer indescriptible. Completamente nuevo. La sensación de sumisión, de dar placer a un hombre enorme, de sentirme usada. La sensación fÃsica por supuesto, de un pene grande y caliente rozando todas las paredes de mi ano, el golpeteo contra la próstata, el vaivén que da tu cuerpo cuando un hombre tan grande y fuerte se te folla. De repente me vi en el espejo. Con Eduardo a mi espalda, mis labios con el gloss corrido, mis ojos felinos y mi flor en el pelo y como pensé al principio no solo no me di asco. Me sentà terriblemente sexy, femenina, sensual. Abrà mi boca para pedir más, que me follara más fuerte. Entonces José acercó su pene a mi cara y sin darle tiempo lo cogà entre mis labios y me lo comà entero. Me estaban dando por delante y por detrás y vaya si lo estaba disfrutando. La sensación era indescriptible. Ellos se acercaros para acariciarse y besarse. Yo les daba placer a sus penes y ellos me lo daban a mÃ.
De pronto la polla en mi boca comenzó a engordar, José a gemir y sin darme tiempo a reaccionar un enorme chorro de semen caliente llenó mi boca y otro más mi cara al sacarlo. José terminaba de masturbarse en mi cara cuando Eduardo agarró mis caderas, comenzó a gemir y su polla explotó en mi culo llenándolo de semen caliente y viscoso que rebosaba y caÃa por mis piernas.
Derrumbados en la cama, uno a cada lado, me acariciaron y besaron con dulzura y agradecimiento. Acariciaban mi cuerpo y me decÃa lo maravillosa que era, lo bien que lo habÃa hecho y me hacÃan ver que todo habÃa ido genial. Eduardo me cogió con un brazo y con el otro comenzó a acariciar mi pequeño pene, hasta que se puso erecto. Entonces comenzó a masturbarlo. Yo rodee su cuello con mis brazos y me deje besar, entregándome del todo. Hasta que de pronto me vino una oleada de placer como nunca me ha venido y me corrà en sus manos sintiendo el mayor orgasmo que nunca en mi vida haya soñado.
Cuando dejé de temblar por semejante orgasmo sus miradas se volvieron extrañas, y quise echarme a llorar. De repente me sentà avergonzada y confusa, llena de miedo y temores. Me tapé como pude e intenté salir corriendo. José me paró en seco y me indicó que no me preocupara, que mejor me quedaba y medaba una ducha, que enviarÃan a Laura a que me ayudara.
Al cabo de un rato, llegó mi amiga con una expresión mezcla de orgullo y satisfacción, que supuse era por que también se la habÃan follado. Pero realmente no habÃa sido asÃ, al menos aún. Me explicó que no habÃa quedado con ningún chico y que hacÃa tiempo que se la habÃan pasado por la piedra. Resultó que en el local conoció a Eduardo y José y lo encantadores que eran para una primera vez. Entonces les habló de mà y les enseño mis fotos. Ellos quedaron encantados conmigo y desde el primer momento insistieron a Laura en que me invitara para desvirgarme. Ella dijo que sabÃa que lo harÃa genial y que me encantarÃa asà lo montó todo para mÃ. Y que tenÃa ahora dos opciones. Cambiarme y volverme a Sevilla follado, violado y avergonzado como una marica reprimida. O arreglarme y maquillarme, asumirlo y salir afuera y disfrutar de ser la preciosa y sensual travestà en la que me habÃan convertido.
Por supuesto, no tenÃa otra opción que la segunda. Además, de repente sentà la curiosidad por saber que se siente cuando te follan de frente.
Fin?











